Inicio » Silbando en el feudo
Cultura

Silbando en el feudo

EL PALENQUE de Antonio Pippo Pedragosa en Diario Uruguay.

-Todos saben que los tangos reflejan circunstancias de la época en que fueron compuestos. De ese modo se han convertido en una pintura a veces pueril o prosaica, que ha llegado a rozar el ridículo pero, paradojas de su esencia, también a convertirse en obras de arte de la música popular.

Lo interesante es conocer, por ejemplo, el contexto y peripecias que permitieron nacer a una de esas obras

de lo mejor de la historia del tango y a la que el tiempo no ha dañado.

Es el caso de Silbando, cuya música compusieron Cátulo Castillo, a sus diecinueve años, y su amigo
Sebastián Piana, con letra del poeta y dramaturgo José González Castillo. Nació en 1923 y lo estrenó
Azucena Maizani en la obra teatral Póker de Ases, grabándolo recién en 1925, año en que también lo hizo
Gardel –quien mucho tuvo que ver en esta historia- convirtiéndolo en un éxito que perdura.

Contó Piana en sus “Memorias”:

 

-Una mañana apareció Cátulo con una música que había escrito. Y me dice: “Vichalo a ver si te gusta. Es sólo la primera parte. Si querés, le hacés la segunda”. Me gustó y en dos días lo completé. Y se lo llevé al padre de Cátulo para que le pusiera letra.

Y aunque el tango salió, y vaya que bien, el poeta recordó más de una vez inesperadas dificultades:

-Me volví loco para ponerle versos, sobre todo a la primera parte, la que hizo mi hijo. Era rara, tenía muchos agudos y el sentido rítmico de la melodía parecía trastocado.

-Una calle en Barracas al Sud,/ una noche de verano,/ cuando el cielo es más azul/ y más dulzón el canto

del barco italiano./ Con su luz mortecina un farol/ en la sombra parpadea,/ y en un zaguán/ está un galán/ hablando con su amor.

Ese es el comienzo, pero luego hay dos partes esenciales para entender la “novela”:
-Y desde el fondo del Dock,/ gimiendo un lánguido lamento,/ el eco trae el acento/ de un monótono

acordeón;/ y cruza el cielo un aullido/ de algún perro vagabundo,/ y un reo meditabundo/ va silbando una canción… (aquí aparece el primer silbido del cantor, siguiendo la melodía) …Un quejido y un grito mortal,/ y brillando entre las sombra,/ el relumbrón/ con que un facón/ da su tajo fatal (…) Y al son que el fueye rezonga/ y en el eco se prolonga,/ el alma de la milonga/ va cantando su emoción… (y el tema culmina con otro silbido igual).

Ocurre que este tango surgió en Dock Sud, hoy polo portuario de desarrollo petroquímico, entonces
prolongación de Avellaneda, cercano a la isla Maciel. En el “Doque”, como se le conoce aún hoy, había
entonces un prostíbulo, El Farol Colorado, con pupilas francesas y polacas, al que Enrique Cadícamo

dedicó un poema:

-Ahí bajaba del bote la runfla calavera,/ a colocar su línea y tirar su espinel,/ se llamaba ese puerto El
Farol Colorado,/ y su atmósfera insana, en su lodo/ y su intriga,/ floreció la taquera de la lata en la liga,/

de camisa de seda y de seno tatuado.

También abundaban casas clandestinas de juego.
Frecuentaron tales sitios don José y luego los jóvenes Cátulo y Sebastián. Y allí fue habitual la presencia
de Gardel, desde fines de la década de 1910 hasta mediados de la siguiente, que solía visitar los comités
conservadores instalados en los alrededores. Todo Avellaneda, Barracas, el Dock y la isla Maciel eran el
feudo de un caudillo de revólver al cinto, Alberto Barceló, que llegó a senador provincial siendo autor de
graves delitos aunque sólo fue condenado, casi al fin de su vida, por evasión de impuestos. Su sombra fue
siempre Nicolás Ruggiero, apodado “Ruggierito”, matón de confianza. Ambos murieron de un tiro por la

espalda, en distintas fechas, y sus asesinos nunca fueron identificados.

Aunque ahora parezca increíble, todos los ilustres del tango que he mencionado tuvieron alguna relación con Barceló y con Ruggiero.

Y aparece, como un milagro, desde el fondo de tamaño ambiente, la parte innovadora de Silbando.

El porteño, en ese tiempo, acostumbraba silbar. Pero el silbido, en los dominios de Barceló y sobre todo en el Dock, se convirtió en una especie de mensaje o contraseña. Curiosamente, en la partitura del tango, recién registrado, ese silbido que brota siguiendo la melodía dos veces, no figuraba. Lo impuso Gardel, se dice que por sugerencia de Ruggiero, un gran silbador, cuando lo grabó en 1925.

Intérpretes posteriores, caso especial de Julio Sosa, y hasta nuestros tiempos, salvo raras excepciones, lo han mantenido dada su originalidad.