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Cultura

¡Bernabé, Bernabé! de Tomás de Mattos. Crisis y revisión de la identidad uruguaya por Teresa Basile

Fuente: (Universidad Nacional de La Plata)
Se terminó el tiempo de los grandes pontífices que decían dónde estaba el bien y dónde el mal e impregnaban su mundo narrativo con ideología.

Varias son las marcas y huellas de los sucesos de la última dictadura militar y de los debates posteriores que en ¡Bernabé, Bernabé! se sugieren a través de la trama, sólo hemos apuntado algunos.

Tomás de Mattos
El auge de la novela histórica en Uruguay parece marcar una de las líneas preponderantes en el campo literario de la postdictadura iniciada en 1985. Varias de estas novelas históricas eligen volver a los sucesos más sombríos y sangrientos de la historia del conflictivo siglo XIX: el etnocidio charrúa, las guerras civiles entre las divisas, el militarismo de Latorre, la Guerra de la Triple Alianza. ¡Bernabé, Bernabé!, (1988) de Tomás de Mattos, El príncipe de la muerte (1993) de Fernando Butazzoni, El archivo de Soto (1993) de Mercedes Rein y Una cinta ancha de bayeta colorada (1993) de Hugo Berbejillo, entre otras, comparten semejantes inquietudes: los crímenes y traiciones, cometidos en el siglo pasado. Intentan quizás buscar en la historia un origen que explique las recientes dictaduras militares de la década de los setenta en el cono sur.

La apertura democrática en Uruguay desató una puesta en crisis de los imaginarios con los cuales la sociedad se identificaba e impulsó la necesidad de revisarlos a la luz del reciente régimen, dictatorial, cuya violencia requería una adecuada explicación. A lo largo de estos últimos diez años se organizaron en Uruguay varios congresos y coloquios sobre el problema de la identidad, cuyos trabajos se han publicado en compilaciones, como por ejemplo: Cultura(s) y nación en el Uruguay de fin de siglo, ed. H. Achugar (1991); Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación?, comp. H. Achugar y G. Caetano, (1992) Mundo, región, aldea. Identidades políticas culturales e integración regional, comp. H. Achugar y G. Caetano, (1994). A esta lista, y sin intención de agotarla, se pueden añadir otros textos que como la perspectiva que desde el psicoanálisis dan Maren y Marcelo Vinar en Fracturas de memoria. Crónica para una memoria por venir, o, los ensayos de H. Achugar, en especial aquellos contenidos en La balsa de la Medusa (1992), evalúan los efectos de la dictadura sobre la comunidad uruguaya.

 

La novela se distancia de un “anacronismo deliberado” en tanto tiende a borrar las marcas del presente de T. de Mattos y desplazar la perspectiva crítica sobre la campaña contra los charrúas hacía Josefina y el editor, respetando la unidad temporal en que cada uno se sitúa.

Algunos denominadores comunes se reiteran en estos ensayos y resultan significativos para describir los intereses que marcaron este período de apertura democrática. De ningún modo deseo establecer influencias entre estos debates y la novela de T. de Mattos, sino describir cierto horizonte de ideas compartido.

A la deriva…
Ciertas imágenes intentan capturar de modo recurrente este momento de crisis e incertidumbre por la que atraviesa la identidad uruguaya: “ruptura”, “fracturas de memoria”, “quiebre en la continuidad” de la historia del Uruguay, “fragmentación”, “fisura”, “tajo”, “herida”… aluden a la actual pérdida de un imaginario colectivo en el cual reconocerse y proyectar un futuro. La balsa de la Medusa de H. Achugar alude a una navegación que aún no ha llegado a un puerto seguro, otro texto titulado Identidad uruguaya, ¿mito, crisis o afirmación? se coloca en el lugar de la duda y la interrogación. Las críticas apuntaron, fundamentalmente, al imaginario batllista.

 

el relato de la historia se configura como tragedia en torno a Bernabé, adquiere la dimensión de una farsa cuando Gabiano relata la manipulación del pueblo que “Don Frutos hace a propósito de la muerte de Bernabé para impedir la sublevación del comandante Juan Santana

 

A fines del siglo XIX comenzaron a perfilarse los rasgos que serian característicos del Uruguay moderno. El impacto modernizador impulsado por los países centrales colocó a Uruguay ante un rápido proceso de transformaciones y puestas al día; el aluvión inmigratorio y el crecimiento demográfico reconfiguraron la nueva sociedad emergente. Ante estos desafíos se proyectó una idea de nación que perfilaba el primer modelo acabado de la identidad uruguaya. Batlle y el batllismo consolidaron este proceso identificatorio bajo los siguientes proyectos: definición de un nuevo modelo integrador ante la inmigración, el “crisol de razas” que procuraba diluir las diferencias culturales a través, fundamentalmente, de la educación y la participación política; un marco nacional de desarrollo; una profunda transformación de las estructuras políticas con la renovación del Estado, la formación del sistema partidario moderno y el desenvolvimiento de una cultura democrática; la emergencia de un nuevo orden social. Se creaban así condiciones para establecer una identificación de la nación con la comunidad política, que se expresaba en un Estado representativo de la sociedad civil. Estos procesos fueron conformando un imaginario anclado en las ideas de progreso, la marcha victoriosa del país y el desenvolvimiento de su riqueza; en la importancia de las instituciones democráticas y liberales; en la peculiaridad del Uruguay que lo diferenciaba de los conflictos dé América Latina ya que carecía de un fuerte legado colonial y de una cultura indígena capaz de oponer resistencias a la civilización. Ello facilitaba su “cosmopolitismo” que lo acercaba a la cultura europea. Como resultado se exaltaba el carácter homogéneo de su población lo que facilitaba la integración social. Si bien este imaginario batllista autocomplaciente fue discutido y sufrió ciertas crisis, su perduración y hegemonía durante tantas décadas “ha mostrado un profundo arraigo en los uruguayos. De allí provinieron tópicos corno “La Suiza de América”, “La Atenas del Plata”, “El campeón cultural de América”.

 

¡Bernabé, Bernabé! diseña un recorrido de la historia uruguaya, a través de la elección —y conexión— de determinados momentos claves. La historia de Bernabé y la campaña contra los charrúas abren la historia del Uruguay por su lado más oscuro

La última dictadura militar significó una ruptura de la continuidad histórica del Uruguay, un tajo, una herida de muerte a la autocomplacencia dé los uruguayos en sus valores democráticos. Esta quiebra de una identidad colectiva es percibida como un impacto de la “realidad”, de la historia sobre aquellos imaginarios que ahora son considerados como relatos utópicos, como “invenciones” y cuya “deconstrucción” intenta llevarse a cabo. Crisis y caída de las utopías por la contundencia de la realidad de la dictadura. Sugestivamente, H. Achugar coloca en clara tensión dos relatos sobre el origen del Uruguay, Mientras el rey Utopos sembraba en la mente de los futuros uruguayos “sueños de grandeza, y sobre todo, aspiraciones a fundar sino un país, un Estado perfecto”, los charrúas se comían a Solís e iniciaban la historia del Uruguay con un acto de violencia: “Uruguay nace con un acto de violencia mayor, nace con un acto de antropofagia (…) En todo caso, nuestra historia —como muchas de América y Europa y del resto del planeta— se basa en la violencia” . Esta fractura reordenó la historia del Uruguay que postulaba su origen en la edad dorada del batllismo, a fin de encontrar los antecedentes de la violencia militar. Cambio de foco que ahora sitúa su mirada en el siglo XIX como lugar de origen de las políticas de la violencia: el etnocidio charrúa, el militarismo de Latorre, las guerras civiles. Puesta entre paréntesis de los alcances del gobierno de Batlle que ahora se presenta como un corte, una excepción entre dos momentos vinculantes. Estos análisis establecen nuevas articulaciones con lo “latinoamericano”. Uruguay, “La Suiza de América”, “país cosmopolita, de raíz europea, a salvo de los males que siempre aquejaron a los vecinos latinoamericanos” ahora encuentra un lazo firme, la dictadura militar, que lo acerca a sus vecinos del cono sur en una historia compartida. Dice Gerardo Caetano: “El desenlace de la crisis uruguaya expresado en el golpe de Estado había cobrado una significación que trascendía los límites del país. Tal vez como en pocas oportunidades, el Uruguay quedaba asimilado a la pulsación dramática de América Latina y, en apariencia enterraba su singularidad` de la que tantas veces había hecho caudal”.

 

Estas perspectivas procuran sortear los implícitos que conlleva la univocidad como modelo de una práctica que desemboca en gestos autoritarios; y proponen, por el contrario, diseñar un espacio de debate pluralista como lugar de las negociaciones y consensos parciales capaces de suturar de modo no violento las fisuras sociales.

Estos debates también retoman y reformulan para Uruguay las discusiones en torno a la vigencia de la idea de nación, resquebrajada tanto por los procesos de globalización o regionalización como por la puesta en foco de las diversidades que atraviesan el cuerpo social. Frente al régimen militar que “trató lo diferente como algo que se debía condenar o excluir” , la post dictadura inició una indagación que apuntaba a señalar, por un lado los rasgos de heterogeneidad presentes en la sociedad uruguaya y, por el otro las políticas estatales que impulsaron los procesos de homogeneización social En este marco Teresa Porzecanski describe ciertas tendencias —dominantes en la década de 1980— que reinstalaron el tema de la “indianidad” y la “africanidad”, generalmente ignorados en la conformación de la identidad uruguaya y que ahora “alientan una intencionalidad más dirigida que antes a habilitar un espacio indio y protagonice en la(s) nueva(s) versión(es) de la historia nacional”. Estos aportes — provenientes tanto del discurso científico como del relato ficcional— constituyen para la autora “mitologías de ausencia” en tanto son “construcciones ficcionales tendientes a hacer notar un lugar vacío dentro de la elaboración de una identidad incompleta y no exenta de culpa” y revelan “la imperiosa necesidad de reconstruir una identidad mestiza para el país” que lo acerque al resto de los países de América Latina. Se trataría, en definitiva, de una “reivindicación de Uruguay como país pluriétnico y plurirreligioso” que fragmenta el concepto unitario de una identidad nacional homogénea. Esta focalización en la cuestión indígena implica una revisión del imaginario batllista, orgulloso de la “inexistencia” de una cultura indígena que lo asemejaba a los países europeos. En esta línea se sitúa ¡Bernabé, Bernabé! de Tomás de Mattos ya que postula la revisión y comprensión de la campaña contra los charrúas como etapa necesaria para alcanzar la identidad uruguaya. Indagaren el destino de los charrúas significa para Josefina criticar las políticas de exterminio implementadas por el Estado, al mismo tiempo que recuperar el relato de su desaparición desde el punto de vista de los mismos indígenas.

 

El problema de la identidad se configura a partir de una serie de imágenes que tienen como eje al espejo. Josefina contrapone dos caminos posibles: el espejo narcisista de aguas transparentes y aquellas aguas turbias y ensangrentadas de un charco.

El “diálogo controversial” como nuevo espacio de enunciación
Los citados coloquios y posteriores compilaciones no sólo se abocan a la tarea de problematizar la identidad uruguaya, discuten, además, el modo más adecuado en que este debate debe realizarse, las condiciones de su enunciación. Si la experiencia de la dictadura mostró los efectos paralizantes de un discurso que se impuso como la única verdad a la sociedad, obturando o dificultando la libre expresión de la esfera pública, ahora se procura revertir esta situación. El diálogo, el debate resultan un contexto adecuado para una discusión que quiere verse como plural y tolerante. La modalidad del coloquio no sólo implica per se una enunciación plural, sino que además en estos eventos los participantes han sido seleccionados teniendo en cuenta la diversidad de disciplinas, profesiones e instituciones —desde empresarios hasta poetas, pasando por especialistas en historia, comunicación, agentes de instituciones estatales o privadas, en un marco que coloca en igualdad de condiciones la validez de cada opinión.

Estas estrategias analizadas pueden leerse como ensayos de los intelectuales por articular de un modo renovado su función en el campo cultural y social. La deconstrucción de los mitos fundantes de la nacionalidad uruguaya, la revisión de la idea de nación homogénea para advertir la presencia de diferencias, la reescritura de la historia a fin de encontrar los momentos —de emergencia de prácticas autoritarias y violentas, las nuevas vinculaciones de Uruguay con los países de América Latina conforman la actual agenda que intenta debatirse en el espacio plural del diálogo. Los temas predominantes, las modalidades textuales, los cruces de disciplinas e instituciones de los sujetos puestos en juego —para redefinir la identidad uruguaya privilegian una atención a la pluralidad, a la desjerarquización de los discursos, a la coparticipación de las instituciones, a un nuevo rol del intelectual. Se percibe una tendencia que valora positivamente la duda y la incertidumbre en contra de los grandes relatos y las verdades definitivas como reacción, podemos proponer, a las certezas de las ideologías fuertes de las décadas de los sesenta y setenta.

La post dictadura invita a una rápida reconfiguración del lugar de aquellos intelectuales, sobre todo los de izquierda, que han presenciado —tanto a nivel internacional como local— la caída de sus discursos y prácticas legitimantes. Estas perspectivas procuran sortear los implícitos que conlleva la univocidad como modelo de una práctica que desemboca en gestos autoritarios; y proponen, por el contrario, diseñar un espacio de debate pluralista como lugar de las negociaciones y consensos parciales capaces de suturar de modo no violento las fisuras sociales. Resultan marcos adecuados para una tarea que se propone hacer de la democracia participativa el eje ordenador de las prácticas culturales. La particular focalización de varías novelas históricas en el siglo XIX obedece, en parte, a este intento por buscar un origen de la dictadura militar en el trágico siglo pasado. ¡Bernabé y Bernabé! resulta paradigmático al presentar el etnocidio de los charrúas como una historia en la que van emergiendo signos característicos del último gobierno militar; la ética militar de la obediencia debida y la teoría de la aniquilación, el problema del juicio, la importancia de la memoria, articulados alrededor del eje de la crisis y búsqueda de identidad. En este trabajo me interesa indagar de qué modo la novela ¡Bernabé, Bernabé! reescribe la historia de la campaña de exterminio de los charrúas en el marco de estos debates que han configurado el reciente período de la post dictadura uruguaya.

 

“Andá y revolvé los papeles de tu marido y te vas a encontrar con copias de órdenes de Lavalleja, con informes de Garzón y con una carta de un maestro de Paysandú que te van a demostrar que, en aquellos días, no había nadie influyente que no considerase imprescindible acabar con los charrúas”

La trama temporal. Los recuerdos del porvenir
¡Bernabé, Bernabé! articula de modo visible cinco tiempos:

1-Los sucesos narrados abarcan de 1811 a 1826 y de 1831 a 1832 e incluyen ciertos eventos que pautan la historia de Bernabé Rivera y la campaña de exterminio contra los charrúas.

2-Un tiempo más o menos indeterminado, aunque limitado entre dos fechas: la juventud de Josefina y el momento en que escribe, 1885. En este tiempo se sitúan las cenas, reuniones y conversaciones que ella mantiene con su padre, su marido, Fructuoso Rivera, Melchor Pacheco y Obes, Gabiano, etc. en su casa y que son recuperadas a través de la memoria de Josefina. Esta etapa sirve de puente entre los hechos históricos narrados y el presente de su carta, a través de ella recupera los rasgos vivenciales de sus interlocutores y el mundo familiar en que sucedieron.11

3-El año 1885 en que Josefina escribe su relato para Federico Silva, situado en el período final de la autora, marcado por la muerte de su esposo el año anterior.

4-La fecha en que el ficticio editor M.M.R. escribe su prólogo, 12 de octubre de 1946, pone en contacto el descubrimiento de América con el juicio de Nuremberg, señalando el parentesco entre dos etnocidios perpetrados por los europeos pero no ajenos a la historia del Uruguay.

5-
El momento en que Tomás de Mattos publica su obra, diciembre de 1988, pocos años después del fin de la dictadura uruguaya.

 

El arma preferida por Bernabé sustituye por dos veces al fuego de las balas. En Sarandí, Bernabé se destaca por su arrojo al impulsar a la tropa a luchar cuerpo a cuerpo

Esta pluralidad de tiempos no es azarosa, conforma ciertos ordenamientos significativos. ¡Bernabé, Bernabé! diseña un recorrido de la historia uruguaya, a través de la elección —y conexión— de determinados momentos claves. La historia de Bernabé y la campaña contra los charrúas abren la historia del Uruguay por su lado más oscuro y señalan en los inicios de su independencia y conformación nacional una política de exclusión y exterminio llevada a cabo por el gobierno y la casta militar. Como señala el editor, de ese primer período “esos dieciséis años, que fueron la fragua de nuestro destino” (p. 22-23) Josefina elige sólo algunos momentos y no precisamente aquellos que destaquen desde una perspectiva heroica, la gesta independentista. Reescribe la historia como una tragedia a partir de la figura de Bernabé o, casi mejor, convierte a la epopeya nacional y a su héroe en un héroe trágico de estirpe sofóclea Como dice el editor: “Es significativo que desde 1826 se salte, sin más, a 1931. Quedan por el camino no sólo cinco años capitales en la vida de la República, porque en ellos se procuró la doble frustración de la separación de la Provincias Unidas y de la mutilación del territorio que debió asignársele, sino también los días más gloriosos de los Rivera, quienes en una campaña que antes que una sucesión de éxitos militares fue un relámpago incontenible de adhesiones, liberaron y reincorporaron las Misiones Orientales a las Provincias Unidas (…)” (p. 23). El año 1885, momento en que escribe Josefina, no aparece representado pero sí referido escueta aunque significativamente Josefina habla sobre “las mezquindades del presente”. Su crisis de identidad está provocada por la presencia de la violencia que la rodea: “Tan solo sé que me: asedia un impulso idéntico al que una tarde me ató a un charco de sangre, en cuyo copioso espejo, sobrevolado por las moscas, entreveía confusamente el reflejo de mi cara y el cielo” (p. 28-29).

Este segundo período pautado por el año 1885 resulta significativo en la historia del Uruguay como momento culminante de lo que se ha llamado el “militarismo”, inaugurado con la toma del poder por Latorre en 1876 y que alcanzó sus peores momentos durante el gobierno de Máximo Santos (1882-1886). Esta década tiene una doble direccionalidad. Hacia el pasado cierra de algún modo la época de la anarquía y las luchas civiles a partir de una política que, en vistas al futuro, procura consolidar el Estado moderno y centralizado. Josefina percibe los costos de esta modernización llevada a cabo mediante las prácticas violentas del Estado, del mismo modo en que cuestionará la campaña contra los charrúas: “¿La modernización de nuestros campos pasaba necesariamente por el exterminio y la disolución de los charrúas? (p.58). La pregunta por la identidad formulada en el marco del gobierno dictatorial de Santos se vuelve hacia las primeras décadas de la historia uruguaya para encontrar una respuesta o el origen que la explique. La reiterada presencia de los militares en ambos períodos de fundación y modernización del Uruguay va pautando un recorrido que dista de ciertos imaginarios sobre la democracia uruguaya.

 

Sí bien el Archivo Narbondo representa la perspectiva oficial, Josefina cita sus documentos para diferentes funciones: Un uso referencial de los partes le sirve para jalonar los momentos de la historia; cita los documentos que comentan su padre o marido para refrendar sus opiniones

 

La fecha en que el editor M.M.R. escribe su prólogo, 1946, señala un tercer momento que remite a la historia europea en torno al genocidio nazi y al juicio de Nuremberg y establece una filiación con la historia uruguaya. Podemos presuponer también que el prologuista aluda, aunque de un modo débil a la historia uruguaya. En 1946 el Presidente Juan Amézaga (1943-1947) había restituido recientemente los canales de la democracia luego del período anterior atravesado por dos golpes de Estado: el de Gabriel Terra en 1833 y el de Baldomir en 1942. M.M.R. reactualiza el tema de la identidad y su puesta en crisis durante aquel período democrático tal como esta conjunción se dio en la actual apertura, esto es poniendo bajo la mira crítica dos de los imaginarios fundantes de la identidad uruguaya: la “diferencia” y la permanencia de los valores de la “democracia”. Si la “diferencia” de los uruguayos con respecto al resto de los países latinoamericanos, los acercaba a los europeos en su alto nivel cultural y en la falta de un fuerte legado indígena, aquí M.M.R. reformula esta filiación y nos advierte que Uruguay no está a salvo de los crímenes que se cometen “en todas las latitudes”. La cita del genocidio nazi ha sido un referente privilegiado para comparar ciertas prácticas de la dictadura. Las palabras del editor también socavan los imaginarios en torno a un Uruguay “chiquito pero pacífico” y respetuoso de las instituciones democráticas. Con ello señala el peligro de la construcción de un imaginario autocomplaciente o narcisista. La revisión y puesta en crisis de los relatos legitimadores que sustentaron u ocultaron extremismos ideológicos y políticas autoritarias ha conducido hacia una relativización de las “verdades” que los fundamentaban. Siguiendo este enfoque, el editor coloca la “duda como lugar desde el cual se puede sortear la barbarie. El cuarto momento que cierra este itinerario histórico nos remite a la última dictadura que se cuela en la novela a partir de ciertas homologías y referencias.

Este recorrido por los gobiernos militares, las prácticas autoritarias, las violencias de Estado perfila una diferente lectura de la historia uruguaya. La perspectiva oficial prefería relatar la epopeya independentista de las primeras décadas del siglo XIX y, posteriormente, los procesos modernizadores que posibilitaron hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX la consolidación de una nación homogénea, librepensadora, progresista, democrática y culta. Josefina, M.M.R. y, en definitiva Tomás de Mattos, eligen leerá contrapelo la historia uruguaya. Incluso, si el relato de la historia se configura como tragedia en torno a Bernabé, adquiere la dimensión de una farsa cuando Gabiano relata la manipulación del pueblo que “Don Frutos hace a propósito de la muerte de Bernabé para impedir la sublevación del comandante Juan Santana el 29 de junio de 1832. Si bien marcamos todo un itinerario cuyas fechas claves aluden al fuerte peso del sector militar a lo largo de la historia uruguaya, el texto privilegia la relación entre dos momentos: la campaña de exterminio contra los charrúas y la última dictadura. La novela plantea un diálogo entre ambas épocas a través de dos tipos de vinculaciones: la presencia de los actuales debates en torno a la identidad que se filtran en las evaluaciones, que Josefina hace sobre la historia de Bernabé y los charrúas, y las homologías y paralelismos de ciertos elementos referidos a la campaña contra los indios que remiten a sus pares de la dictadura. El modo en que se lee el pasado evidencia el fuerte peso de las actuales discusiones que atraviesan el campo intelectual uruguayo. Si bien se evita el uso de anacronismos deliberados, el horizonte del presente de la escritura de Tomás de Mattos (l988) opera como una grilla que selecciona, incluye o excluye, prefiriendo poner el foco en ciertos eventos y temas de la historia del siglo pasado que le sirven para leer en clave sus preocupaciones presentes. Sin la perspectiva interpretativa que el presente brinda, no se alcanza a percibir la densidad significativa del texto.

 

La desmedida heroicidad de Bernabé tiene esta doble cara, manifiesta aquí en las sucesivas victorias que culminan con el grito pero que incuban el principio que lo llevará a la muerte. Su caída sigue los resortes del héroe de la tragedia griega

La novela se distancia de un “anacronismo deliberado” en tanto tiende a borrar las marcas del presente de T. de Mattos y desplazar la perspectiva crítica sobre la campaña contra los charrúas hacía Josefina y el editor, respetando la unidad temporal en que cada uno se sitúa. Para ello elige un personaje lo suficientemente excéntrico como para hacer verosímil su postura crítica: una mujer de carácter inquieto y enjuiciador que, en el ámbito doméstico y privado de una familia patricia, toma contacto con los hombres de la clase dirigente y con el archivo de su marido, referentes indispensables de la versión oficial. El editor M.M.R. constituye otro medio para evitar los anacronismos y establecer puentes éntrelas opiniones de Josefina y el presente de la lectura. Su función es reactualizar el tema de la barbarie haciendo ingresar elementos que apuntan al presente de la escritura de T. de Mattos. Su tarea de editor se desplaza hacia la función del primer lector del texto de Josefina, señalando el modo en que debemos leerlo. Propone una lectura que conecte ese pasado con el presente, en este caso 1946 y sugiere en el lector un gesto similar con el presente de 1988. El elemento de aquel presente apuntado por M.M.R. es, sugestivamente, otro etnocidio, el perpetrado por los nazis “cuyo castigo tanto nos congratula” y que se recoge en el juicio de Nuremberg. Los paralelismos son evidentes, el inicio, de la democracia uruguaya fija su mirada sobre los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado en el cono sur y se plantea la posibilidad de un juicio. Las causas son también similares y apuntan en definitiva a criticar la fuerte presencia de la casta militar en los gobiernos de América Latina.

La identidad en crisis. Del espejo narcisista a la ética militar.
El problema de la identidad se configura a partir de una serie de imágenes que tienen como eje al espejo. Josefina contrapone dos caminos posibles: el espejo narcisista de aguas transparentes y aquellas aguas turbias y ensangrentadas de un charco. Si Josefina se contempla en “el charco de sangre” para indagar una identidad que presupone la comprensión de la muerte y la violencia, Bernabé inicia su carrera cultivando su propia imagen, se pasea “empilchado, entre oros y mármoles” en la corte de Río de Janeiro, “ igualito a Narciso” comenta Josefina. En su inicio la novela coloca dos modos alternativos de conformar una identidad.

 

La ética militar, la teoría de la aniquilación y la obediencia debida se articulan en la figura de Bernabé en su recorrido de ascenso y brusco descenso. La instauración de la violencia genera una respuesta en los mismos términos por parte de los charrúas.

La aparición del soldado de Sarandí, que Josefina propone deliberadamente como ficción, incorpora el tema del doble a través del indiecito charrúa, quien toma el nombre y la paternidad de Bernabé. Si en el mito de Narciso, éste recibía su propia imagen a través del reflejo, aquí se requiere la presencia del “otro” (los charrúas) para alcanzar dicha identidad. La alianza entre Bernabé y los charrúas está refrendada por la paternidad que el indio huérfano solicita al coronel, Se postula, por un momento, la posibilidad de construir una comunidad, aunque paternalista, armónica que los incluya. Simultáneamente se adelanta la destrucción de esta ilusión con la anticipación del rol final del indiecito en la muerte de Bernabé: “Me voy pero te aseguro que vuelvo. No te hablaré más, pero me verás cuando revolee la boleadora: me he ganado un lugar en esta historia” (p. 41), En esta primera parte se insiste en las buenas relaciones con los charrúas que acentuarán el posterior carácter de traición. Una identidad narcisista, fundada en la ignorancia del otro, posibilita el exterminio de los charrúas emprendido por Bernabé e incuba, ¡Bernabé, Bernabé, Bernabé!”  al mismo tiempo, los motivos que lo llevarán a su destrucción. El héroe narcisista se ahogará en el espejo de sangre que él ha creado siguiendo los imperativos militares.

Bernabé encarna el ethos militar —“se desveló por ser un militar inobjetable”— caracterizado por una exacerbación —desmesura— en el cumplimiento del deber, un extremismo que desemboca en su teoría de la aniquilación y que le confiere dimensiones de héroe trágico. En las primeras acciones Bernabé aparece en su fase ascendente y heroica. Uno de sus puntos culminantes, la batalla de Sarandí, sirve de marco para formular la teoría de la “aniquilación que Bernabé sustenta y pone en práctica con la tropa de Allen-Castro: “Si toca perder hay que perder apenas; si se gana hay que ganar por aniquilación. Por eso ninguna batalla termina cuando el enemigo se retira. Toda baja que todavía le causemos, todo hombre que se rinda? toda arma o caballo que le quitemos, es un hombre, un caballo o un arma que mañana o pasado no tendremos enfrente” (p.38). El mismo método que utilizará con los charrúas y que luego éstos se apropian para aplicarlo en su contra: “La adhesión de Bernabé a este principio, le reportó varios éxitos, le granjeó parte de su fama y también lo precipitó a la muerte” (p. 38). La desmedida heroicidad de Bernabé tiene esta doble cara, manifiesta aquí en las sucesivas victorias que culminan con el grito pero que incuban el principio que lo llevará a la muerte. Su caída sigue los resortes del héroe de la tragedia griega: el ethos militar se convierte en hybris, transgrediendo “los límites del orden último del mundo”, el héroe enceguece y “pierde el tino”. La feroz persecución17 a Polidoro lo convierte en un cazador: —¡Ya los tenemos a esos perros” que termina ocupando el lugar de la presa: “murió solo, como si fuera un perro” (p. 138).18 La identidad del coronel se resuelve comuna anagnórisis final que le devuelve su rostro: “Engendró odios que desde el mismo inicio de su cautiverio, lo privaron de toda posibilidad de sobrevivencia. No fue clemente y, en la última hora, el turbio espejo de un charco le devolvió su imagen” (p. 113).

 

En el indio Bernabé se verifica un giro similar al de Sepé en la búsqueda de su identidad, aunque difiere en la función del nombre. En la batalla de Sarandí, la adopción del nombre de su jefe marca la alianza de Bernabé Rivera con los charrúas, huérfanos de padre político.

El delito de Bernabé es un fratricidio, desplazamiento del parricidio de Edipo, cuya culpa es leída en clave de los ochenta como una desmesura de los imperativos del ethos militar — “virtudes”— dirá M.M.R. apelando a las reminiscencias maquiavélicas del término. En esta teoría y práctica del exterminio se sustenta la crítica fundamental tanto de Josefina como de M.M.R. y la palabra “aniquilación” recuerda el decreto del Presidencial argentino Luder (1975) que los militares, reinterpretando, hicieron suyo bajo el imperativo de “aniquilar a la subversión”. Cuando Bernabé prueba tímidamente este ideario con la tropa del general brasileño Allen Castro, sugestivamente se introduce la palabra “picana” referida a las lanzas de sus hombres: “se precipitaron sobre los brasileros, los encerraron en un círculo utilizándolas lanzas como degradantes picanas” (p. 40). La lanza-sable-espada va a ser un tópico en la novela que pasa de Bernabé a los charrúas cuando éstos lo matan. El arma preferida por Bernabé sustituye por dos veces al fuego de las balas. En Sarandí, Bernabé se destaca por su arrojo al impulsar a la tropa a luchar cuerpo a cuerpo: “A balazos no venceremos a los brasileros. Para triunfar no hay otro medio que echar carabina a la espalda y sable en mano” (p. 38). En su último enfrentamiento con los charrúas reta a Gabiano: “Bernabé se enojó. ¡Con el sable, sargento! ¡Para qué desperdició su pistola!” (p. 95). Es su espada, ya rota, lo último que figura cuando los charrúas lo cercan y atrapan (p. 126). Esta lanza-sable-espada simboliza la exacerbación de su carácter militar, acompañando el arco de su vida.

Uno de los temas suscitados con la apertura democrática se refiere al grado de culpabilidad de los militares por su atropello a los derechos humanos. Mientras las cúpulas pueden ser acusadas como “responsables” por lo actuado, los subordinados pueden apelar a la teoría de la “obediencia debida” para evitar el juicio. La novela retoma ambos temas. Josefina cita los argumentos de la defensa —enarbolados por su padre y por su marido— que intentan evitar toda inculpación a Fructuoso Rivera por el exterminio de los charrúas: las teorías basadas en la dicotomía civilización y barbarie, la lógica de la guerra, la necesidad histórica y el pedido y apoyo de amplios sectores sociales (p. 52 a 59). Concluye Narbondo que “nadie —se llamase Rivera, Oribe, Lavalleja o Garzón— podía ser responsabilizado”. Por el contrario Josefina atribuye la “responsabilidad a Don Frutos: “Pero sí puedo decir que esas matanzas me avergüenzan y que, en última instancia, a él son atribuibles, porque las decidió, planificó y dirigió. No es poca carga para una conciencia” (p. 58). En cambio la posición de Josefina frente a los “de abajo” difiere ostensiblemente. El tema de la obediencia debida aparece en dos oportunidades: en torno a Bernabé y a Gabiano. En ambos casos el relato se centra en el proceso por el cual cada uno de ellos debe sortear las dudas y vallas que le impone la conciencia para internalizar la “obediencia debida”. Se reitera una mirada característica de Josefina, interesada en señalar la dimensión subjetiva de los hechos históricos.

En los momentos preliminares a Salsipuedes, Bernabé reúne a sus principales hombres para informarles sobre la próxima acción contra los charrúas que implicaba una traicionera celada y allí al exponer el deber de la obediencia trasunta los vaivenes de su conciencia: “Lamentablemente, se habrán dado cuenta que no los llamo para pedirles opinión (…) Sinceramente esto es algo que parece una canallada y cuesta mucho prestarse a hacerlo (…) Para serles sincero, no estoy enteramente convencido. Pero quienes deben estar resueltos, lo están, y tenemos que obedecer todos. Si a mí me duele, descarto que a ustedes les va a ocurrir lo mismo y peor (…) Camaradas: ésta es la vida del militar.” (p. 67). Resulta un poco sorprendente que se coloque a Bernabé casi a la misma altura que un subordinado, desplazando su responsabilidad hacia la obediencia. No obstante Josefina pone en duda las reservas de Bernabé frente a las órdenes de sus superiores y sospecha “una sutil y mañosa manipulación de los ánimos de sus principales subordinados” (p. 68).

Gabiano da su propia versión sobre la obediencia debida a través del relato sobre un suceso de su infancia para justificar la traición a los charrúas en Salsipuedes. Es sugestivo que el tema de la obediencia sea un punto de coincidencia entre Gabiano y Bernabé, mostrando el sentido corporativo de los militares a través de un sujeto que se desliza de un “yo” a un “nosotros”: “Yo… nosotros no atacamos a traición. Hicimos lo que nos mandaron y lo que nos mandaron fue una emboscada y una emboscada es muy común que se haga en la guerra” (p. 54). El relato presenta el proceso por el cual Gabiano interiorizó esta práctica de la obediencia anulando toda duda. Las reflexiones finales de Josefina ,en alguna medida tienden a justificar la teoría de la obediencia debida, cuando concluye: “Creo que la historia por más simple que nos parezca admite más de una lectura. La que más me afecta es la que me obliga a ver clarito lo que en otras ocasiones consigo que me pase desapercibido: el horror total de un hecho no es igual a la suma de los horrores menores, suscitados por cada uno de los actos necesarios para causarlo. Por eso quien se negaría sin titubeos a ser su autor, puede aceptar —casi sin darse cuenta— ser uno de sus coautores” (p. 62-63).

La ética militar, la teoría de la aniquilación y la obediencia debida se articulan en la figura de Bernabé en su recorrido de ascenso y brusco descenso. La instauración de la violencia genera una respuesta en los mismos términos por parte de los charrúas. El texto parece señalarnos, más allá de las disputas político-ideológicas, la lógica perversa de la violencia. El texto no sólo propone el problema de la identidad en Bernabé; Sepé, Polidoro, el cabo Joaquín y el indio Bernabé introducen y desarrollan el tema del lado de los charrúas. La novela plantea la necesaria vinculación de ambos en el origen de la conformación de la Nación uruguaya y procura restaurarla “Visión de los vencidos”, la contracara de las versiones oficiales, mediante el relato de las acciones y reacciones que los charrúas llevaron a cabo para la supervivencia de su tribu. El encuentro final reúne la muerte de Sepé con la de Bernabé en la pulpería y evalúa ese momento como una pérdida, una encrucijada histórica en la que se troncha la posibilidad de subsistencia de los indígenas. El indio Sepé abandona una visión donde “todavía estalla y seguirá estallando la luz de la vida” y es sustituido por el rostro de Bernabé que trueca ese cielo por el turbio espejo del charco donde encuentra la muerte y su identidad.20 Josefina recién aquí recupera, en este itinerario por la víctima y el victimario y su propia identidad. La hipótesis de Josefina sobre la identidad del matador de Bernabé combina y confunde las versiones de Lavalleja y Antonio Díaz, apropiándose de los agentes que ambos señalan: Polidoro, Sepé, el cabo Joaquín y el indio Bernabé, para reformular el problema de la identidad dentro del ámbito charrúa. Siguiendo la interpretación de su padre, Polidoro representaría la primer etapa del charrúa Sepé quien adaptó un nombre extranjero en momentos en que la tribu compartía ciertas alianzas con Artigas e, incluso, posteriormente con los Rivera. Luego de las masacres que comenzaron con Salsipuedes, Sepé reasume su condición de charrúa —“Sepé era también, como ya te he dicho, una palabra charrúa”— y de indio, junto con una política de resistencia haciendo honores al nombre de “ uno de los jefes más destacados de la rebelión guaraní” (p. 105). Josefina lo explícita claramente: “Para papá, Polidoro y Sepé eran, entonces, una sola persona que había cambiado de nombre. Creía comprender los motivos: el temor a la venganza de Don Frutos y, sobre todo, la necesidad de cortar todo vínculo con nuestra raza y de reasumir en plenitud, su condición de indio” (p. 105). El problema que se le plantea a Sepé es la identidad y permanencia de los charrúas como etnia en un medio que les es hostil e intenta aniquilarlos. Grupo minoritario y de escaso poder político debió seguir los vaivenes impuestos por la política dominante. Su estrategia fue, al comienzo, la resistencia y el separatismo, fiel a su nacionalismo charrúa. Reasume su verdadera identidad para su tribu en el último esfuerzo por sobrevivir, adopta una actitud separatista en la negativa a negociar con Don Frutos en Salsipuedes y se muestra profundamente desconfiado.

Con el único puñado de sobrevivientes, decide vengarse por el exterminio de los suyos en la persona de Bernabé. Perdidas todas las batallas por los charrúas, Sepé se instala con los restos de su tribu cerca de la estancia de Gauna y busca los medios para sobrevivir. Su treta, aquí, será la del débil .—”Polidoro, gran cacique; Sepé, pobre indio”— quien falto de espacio para maniobrar actúa con una doble identidad y un doble discurso, esconde su participación en la muerte de Bernabé aprovechando la lógica ambigua del lenguaje: “Sepé, no; Polidoro, sí” ; “Sepé… pa vos..,”. Según comentarios de Péguy, Sepé “se burlaba secretamente de los cristianos” (p. 106). Sólo decide confesar la verdad a raíz de la leva y la viruela que lo deja sin su familia acabando por sepultar las últimas esperanzas de supervivencia para su tribu: “Desde esa
época, según los que presumían conocerlo bien, trasuntó varios cambios. Aunque nunca se le oyó ningún comentario, don Higinio sostenía que al indio lo abatía la certidumbre de que muertas sus hijas y cristianizada la única nieta sobreviviente, la tribu carecía de futuro. Era muy improbable que la descendencia que engendraran Avelino y Santana viviera según las costumbres charrúas” (p. 108). En el indio Bernabé se verifica un giro similar al de Sepé en la búsqueda de su identidad, aunque difiere en la función del nombre. En la batalla de Sarandí, la adopción del nombre de su jefe marca la alianza de Bernabé Rivera con los charrúas, huérfanos de padre político. Rota ésta por el coronel, será su propio hijo adoptivo quien le devuelva su rostro de traidor y fratricida. La conservación del nombre Bernabé impone la figura del doble y la imagen del espejo donde el victimario encuentra su destino de víctima al invertirse los roles. Josefina añade a la hipótesis de su padre una tercera identidad de Sepé, la del cabo Joaquín, quien sigue el mismo desarrollo de sus compañeros, recuperando su ascendencia charrúa con la participación en la muerte de Bernabé: “Siente el pecho lleno de vida; está limpiando su pasado; ha vuelto a ser un charrúa entre charrúas. En silencio y lentamente, le va arrancando, una a una, las lanzas que tiene clavadas (p. 142). La convergencia de múltiples nombres charrúas en la escena de muerte de Bernabé le concede la dimensión de un acto colectivo asumido como único destino posible.

 

“Mi padre insistía que la alianza con los indios fue muy circunstancial y azarosa. Los objetivos de ambos pueblos no sólo son distintos, sino incompatibles. Para los charrúas, la libertad era la perduración del Desierto: tierra sin cultivar, ganado sin cuidar, barbarie compartida”.

Las diversas historias. El Archivo Narbondo y el relato de los charrúas
Junto al anterior recorrido por la historia uruguaya la novela presenta otra perspectiva sobre el tiempo en la que se enfrentan y complementan el tiempo en que sucedieron los hechos históricos y el tiempo en el cual se representan aquellos hechos, se escriben. Esta relación —y tensión— entre los; hechos y su representación se reitera, al menos en tres oportunidades, cada una de las cuales corresponde a los diferentes enunciadores. La correlación temporal central se configura en torno a Josefina quien relata la historia de Bernabé y la campaña de exterminio de los charrúas desde el presente en que escribe su carta a Federico Silva. El editor M.M.R. escribe su prólogo el 12 de octubre de 1946, un presente signado por el juicio de Nuremberg que nos reenvía al pasado reciente del genocidio nazi. En el tercer caso se despliegan las temporalidades de Tomás de Mattos, la escritura y publicación de la novela en 1988, en cuya trama se incorporan de modo oblicuo ciertas referencias a la última dictadura. Entre ambos tiempos se instala una mediación cuya función consiste en poner en escena y discutir las posibles vías para aprehender la historia: el uso de fuentes oficiales junto con versiones alternativas, la pluralidad de puntos de vista, la oposición escritura/ oralidad, la importancia de la memoria y la idea de “juicio”. El extenso período que se despliega entre los hechos que relata Josefina (1811-1832) y el presente de su escritura (1885) resulta el caso más significativo ya que permite dilucidar el cómo de la tarea del historiador. En el caso del editor, más escueto, es la idea del “juicio” la que modeliza el modo en que el pasado se evalúa. El texto no sólo narra la historia, la discute a través de diálogos en casa de Josefina donde intervienen diversas voces contrapuestas, El complejo problema del dialogismo se dirime, teóricamente, en la relación que diversas voces establecen, desde una jerarquización donde una perspectiva acaba por dominar al resto, hasta la ruptura de esta univocidad para crear el difícil juego de la multivocidad.

El dialogismo de este texto pone en juego diversas opiniones que se caracterizan por su pertenencia a diferentes sectores sociales, disímiles espacios de enunciación —lo privado y lo público; opciones genéricas —lo masculino/femenino; bajo diferentes expresiones, el documento escrito y la oralidad. Josefina escenifica este encuentro a través de los diálogos mantenidos en variadas ocasiones, con su padre, su esposo, don Frutos, Pacheco y Obes, Gabiano, etc. La voz crítica y disidente23 la sostiene claramente Josefina en contra de la versión oficial de su padre y de su marido. Pero aún las opiniones de éstos admiten matices y críticas parciales —“signos de disconformidad”— a la guerra contra los charrúas que, reconoce el padre, “tuvo aspectos horroroso. Narbondo concede que no fueron los charrúas quienes mataron a los peones, muchachos de once y catorce años, en la hacienda de José Canto. Estas críticas, no obstante, en
ningún momento corroen la defensa que hacen de la campaña de exterminio contra los indios. El texto no presenta deliberadamente el predominio de una voz sobre las otras a la hora de discutir las razones históricas de cada sector sobre los hechos, lo que hace es darles coherencia, contextualizando cada opinión según el rango social del que la emite y su ideología.24 Josefina no deja de formular sus propias opiniones, pero a la hora de comparar recoge la opinión ajena, la cita y suele concluir con una interrogación, una duda a la que añade un juicio ético. Este juicio aparece como el momento de predominio de su voz sobre el resto, pero, paradójicamente incluye, sin anular las diferentes razones políticas.25 El mejor ejemplo lo constituye el final del texto que multiplica las imágenes según la óptica del que las interprete: ¿A cuál Bernabé hay que rememorar? ¿Al de Sarandí o al de Salsipuedes?… ¿Al victimario o a la víctima?… Ahora oigo múltiple aclamaciones: ´¡Bernabé! ¡Bernabé!´ Pero ¿cuáles son las voces solitarias o confundidas en la algazara, que enronquecen repitiendo ese nombre?…También veo incontables imágenes. Por ejemplo muchas manos de mujer: la de Manuelita, contrayendo su duelo…, la de una india…dejando que un desertor llévelos muñones de .sus dedos. :..” (p. 148). Sin embargo esta multiplicidad se cierra con la escena final en la que ella se identifica con las agonías de Sepé y Bernabé y que parece sugerirnos que más allá de las razones políticas, la historia ha instaurado la lógica, de la violencia en sus inicios.

El diálogo y la oralidad son los medios que hacen posible la crítica, en oposición al Archivo Narbondo, versión escrita y conclusa de la opinión oficial. El Archivo sirve para justificar la campaña de exterminio: “Andá y revolvé los papeles de tu marido y te vas a encontrar con copias de órdenes de Lavalleja, con informes de Garzón y con una carta de un maestro de Paysandú que te van a demostrar que, en aquellos días, no había nadie influyente que no considerase imprescindible acabar con los charrúas” 26 (p. 52). El Archivo representa a las voces autorizadas que intentan legitimarse como la opinión pública, conformadas por la casta dirigente de los destinos de la Nación: “desde el presidente de la Nación Fructuoso Rivera, los militares Bernabé, Garzón etc, los hacendados como José Canto hasta el educador José Cátala. Su carácter público emana de su pertenencia al Gobierno y no de su representatividad de los intereses del pueblo, como le señala Josefina a su marido: “A menudo me dijo Narbondo: No podes negarlo, Josefina. Al atacar a los
charrúas, Don Frutos acató la voluntad del pueblo. Alguna vez le pregunté a qué pueblo se refería, porque juzgo que en cualquier país, hay tantos pueblos como bandos o fracciones.” (p.57). Se contrapone la historia escrita por los vencedores a una oralidad que procura rescatar una perspectiva que incluya a los vencidos.

Aquí ingresa el tema del etnocentrismo y del nacionalismo, el derecho de las minorías y el problema de la “diferencia”. Retomando las categorías sarmientinas, su padre postula la idea de una Nación homogénea construida a partir del eje de la civilización y que necesariamente debe extirpar de su cuerpo todo aquello que encarne la “diferencia”. El etnocentrismo, que eleva a carácter universal los valores de su propia sociedad, propone dos alternativas a las etnias que le son ajenas: una política de asimilación a sus propios valores o de exclusión y exterminio de los elementos heterogéneos.27 En ningún caso se admite la inclusión de lo diferente con iguales derechos a la hora de conformar la Nación. “los charrúas no nos dieron la Patria; “Mi padre insistía que la alianza con los indios fue muy circunstancial y azarosa. Los objetivos de ambos pueblos no sólo son distintos, sino incompatibles. Para los charrúas, la libertad era la perduración del Desierto: tierra sin cultivar, ganado sin cuidar, barbarie compartida. Para nosotros, la libertad era la posibilidad irrestricta de que cada ciudadano volcase el mayor esfuerzo para el progreso de su familia, amparado por las máximas seguridades de que serían sólo suyos los legítimos frutos de su esfuerzo”. Estas citas fundamentan la política de exterminio, mientras se señalan los intentos de asimilación: “Me recordó varias veces que todo indio que aceptó nuestros valores, fue respetado y tratado como uno más de nosotros“ (p. 54).

El Archivo Narbondo está tomado de La guerra de los charrúas en la Banda Oriental, en especial el tomo II, de Eduardo Acosta y Lara, siguiendo la pista que el mismo Tomás de Mattos nos da en una nota. Este texto está conformado en su mayor parte por documentos históricos de la época: partes de guerra, informes, cartas, notas aparecidas en periódicos de la época, etc. A ello se añade un Apéndice donde encontramos, entre otras cosas, la “Memoria” de Manuel de Lavalleja y el relato del exterminio de los indígenas que hace Antonio Díaz (hijo) en su obra Historia política y militar de las Repúblicas del Plata, tomo II, y que coincide con la versión de Eduardo Acevedo Díaz, ya que ambos utilizaron como fuente las referencias del General Antonio Díaz. En el texto de Acosta y Lara se encuentran tanto la versión oficial, sobre todo en los partes de campaña y en las notas periodísticas, como una versión contrapuesta sostenida en los relatos de Lavalleja y
Antonio Díaz. Pero en la novela ambas versiones incompatibles se representan de diverso modo: “El material que puedo alcanzarte es fragmentario y heterogéneo, con la única excepción, si el sargento Gabiano y yo merecemos tu confianza, del que concierne a los hechos de Salsipuedes y Yacaré-Cururú, de los que puedo proporcionarte, además de los vericuetos de la historia oficial, una versión inédita, mucho más feroz y veraz, que barrunto no te agradará demasiado” (p. 29). El Archivo Narbondo elimina los relatos de Lavalleja y A. Díaz y se conforma con los partes oficiales y las notas de los periódicos, esto es, funciona para sostener la versión oficial y pública de los hechos, la defensa de la campaña de exterminio. Josefina describe cómo estos documentos ocultan la verdadera historia que pone al descubierto la barbarie de los hechos cometidos: “Los partes mienten y callan con descaro, los periódicos de esos días, son más obsecuentes que los de hoy. No hay base documental alguna para acceder a la verdad” (p. 69); “Los detalles del episodio son aún más escurridizos que los de Salsipuedes. Los documentos son parcos (…) La prensa no le dio al combate demasiada resonancia” (p. 88).

Josefina opone a esta versión documentada y escrita por los mismos autores de los hechos, la versión oral del sargento Gabiano 28 que si bien coincide con los relatos de Lavalleja y Díaz del texto de Acosta y Lara, en la economía de la novela no pertenece al Archivo Narbondo, se le opone. Se invierten los términos y la oralidad de Gabiano aparece como la voz preeminente con la cual coinciden los textos escritos, dice Josefina: “Pero, sobre todo dispongo de lo que ha narrado Gabiano en nuestra casa: para creerle, me bastaría su sola palabra, porque fue un hombre bueno y sin mucha imaginación, que por añadidura tenía pocas vergüenzas que ocultar. Es sumamente alentador que muchos de los detalles aportados por él, encuentran corroboración explícita en las memorias de Lavalleja o los Díaz” (p. 69). Por la voz de Gabiano no sólo ingresan los hechos ausentes en los partes de campaña y que van a conducir el hilo de la narración, sino la historia narrada por los mismos charrúas, de allí que Josefina privilegie el texto de Lavalleja en tanto
transcribe el relato de los vencidos; “Doy más crédito, sin abandonar una actitud sanamente crítica, a los recuerdos de Manuel de Lavalleja, quien, si bien tampoco estuvo en Salsipuedes, convivió con los charrúas sobrevivientes durante diez meses en 1833 y ha afirmado que la conversación dominante entre ellos siempre era el ataque de Don Frutos y la ejecución de Bernabé” (p. 69), del mismo modo lo confirma el propio Lavalleja en su “Memoria”: lo sé por los mismos indios ejecutores, de quienes me he informado muy detenidamente, de los indios más capaces que había entre ellos; diez meses estuve con ellos en el año treinta y tres y siempre era la conversación dominante del modo que mataron a Bernabé”.29 Josefina, además, recupera la voz de Sepé, a quien conoció personalmente, a través del relato que le hace su padre cuando aquél confiesa haber sido el autor de la muerte de Bernabé. De este modo el texto opone claramente la ecuación: historia escrita = historia de los vencedores =versión oficial a historia oral = historia de los vencidos = versión no oficial

Sí bien el Archivo Narbondo representa la perspectiva oficial, Josefina cita sus documentos para diferentes funciones: Un uso referencial de los partes le sirve para jalonar los momentos de la historia; cita los documentos que comentan su padre o marido para refrendar sus opiniones, en este caso Josefina a veces se distancia o tiene una actitud irónica; y, finalmente, ejerce una apropiación, con mirada oblicua, de los documentos citados. Este resulta el caso más interesante. Por un lado, Josefina recupera los intersticios que estos textos rara vez muestran, para comentar las zonas más oscuras de la campaña contra los charrúas, como, por ejemplo, cuando en un parte Bernabé llama a la celada de Salsipuedes “jarana contra los charrúas” (p. 68). En otras ocasiones no lee en los textos datos históricos sino los residuos que la historia descarta, los detalles, las inflexiones de las frases que descubren la interioridad del que escribe, como en las palabras con que Bernabé alude a María Luisa: lo hace con una fórmula que, por el diminutivo, parece muy tierna pero que termina impresionándome como morbosa y aniñada” (p. 84). Conjetura las causas del estado de ánimo de Bernabé cuando en una carta se queja del mal tiempo, falta de caballos y otros inconvenientes, lo imagina lejos de su hijo recién nacido y de su “bellísima esposa”. Desmenuza la sintaxis y recrea al mismo tiempo el impacto que hubiera podido causar en el espíritu de don Frutos la lectura del parte que José María Navajas le envió anunciando la muerte de Bernabé (p. 121).

Esta es la mirada característica de Josefina que indaga otra dimensión de los personajes, su conciencia. Suele yuxtaponer —y contraponer— el relato de la exterioridad de los hechos con un acercamiento al interior, incluso espacialmente como en la escena en que don Frutos incita al pueblo a festejar la supuesta llegada de Bernabé desde su ventana, mientras en el interior Manuelita solloza la muerte de su esposo. Cuando describe el retrato que pintó de Bernabé procura despojarlo de sus señas más visibles “intentando liberar a
Bernabé de esas patillas y de esa barba y bigotes que, según dicen, cuidaba con maniático esmero” para “entrever un rostro aniñado e insulso” (p. 33). Estos diferentes usos de los documentos provocan un cruce continuo de opiniones que dan al texto su carácter dialógico. La conversación es la situación que el texto privilegia como modo de acercarse a la historia. En Josefina hay todo un trabajo y un especial interés en lograr las condiciones adecuadas para sostener una conversación y sortear las disputas que sólo enfrentan opiniones irreconciliables. Desliza quejas sobre el modo en que su padre y su marido suscitan “disputas” con ella a las que suele calificar con expresiones militares como “(Narbondo) se atrincheró en el bando de mi padre; “la ofensiva de Juan Pedro”, “Narbondo aceptó con su habitual elegancia la derrota pero cuidó su retirada”; en cambio prefiere utilizar el término “conversación” para referirse a sus charlas con Gabiano. Por ejemplo, Josefina se afana por sostener el clima de una conversación cuando éste, ofendido, amaga callarse: “De a poco, él hablando y yo asintiendo, se fue tranquilizando, Con prudencia, procuré que mis disculpas evitasen que la conversación se desviase. La difícil humildad fue la clave de mi éxito (…) me di cuenta que, si no nos interrumpían, la charla estaba definitivamente encauzada” (p. 59). Inmediatamente reconoce la superioridad de esta conversación por sobre las discusiones con su padre y su marido “(…) el sargento, con su cuento cortito, me explicó algo más que papá y Juan Pedro en nuestras interminables discusiones” (p. 60). Esta oposición discusión/conversación vuelve a reiterarse en el cruce de opiniones sobre el supuesto carácter traidor de Polidoro: “cuando casi al final de nuestra larga conversación, le pregunté a Gabiano (…) La discusión con Narbondo, aunque ociosa, no me fue estéril. Me movió a indagar a Gabiano y, gracias a esas preguntas, me topé con este comentario” (p. 93-4).

El tema del juicio —otro de los debates centrales de la postdictadura— recibe un tratamiento complejo en la novela. Josefina, acorde a lo que en una entrevista expresó T. de Mattos se niega a ciar una sentencia: “No voy nunca a ser juez” (p.58). Su principal actividad, sin embargo, nos coloca en los preliminares de un juicio: la recolección de documentos, la conversación con los testigos, la verificación de las informaciones por medio de fuentes confiables, las reflexiones en torno a los argumentos de la defensa y la acusación. Por otro lado, si Josefina se niega a la tarea que corresponde a la justicia, el juicio institucional no es descartado. Por el contrario, el editor M.M.R.. instala el tema a partir del juicio de Nuremberg y lo defiende “(…) los perpetradores de los crímenes que hoy repudiamos y cuyo castigo tanto nos congratula” (p. 25) Las femeniles disquisiciones

 

Las ideologías fuertes y la praxis revolucionaria se sustituyen por una nueva perspectiva abierta por el “desencanto político” que diluye los enfrentamientos y prefiere la reforma.

A modo de reflexión final
Esta novela histórica articula fundamentalmente dos de los actuales ejes de discusión en el período democrático. Por un lado, aquel que atañe a la revisión de la identidad, que en el texto se desarrolla a través de una relectura crítica del etnocidio charrúa. La campaña de Bernabé se postula como punto de “origen de la historia y la identidad uruguaya, la constitución de la Nación a partir de un etnocidio y el peso político del sector militar en esta empresa. La última dictadura militar ingresa al texto a través de la homología y los paralelismos entre ambas historias. No se alude en especial a los sucesos históricos de los setenta sino a los fundamentos, ideas y prácticas que los posibilitaron. Se establece así otro juego dialéctico que resignifica a ambas historias. Desde la instauración democrática se reactualiza la discusión en torno, a la factibilidad de una democracia en América Latina que logre consolidarse sin la presencia de los gobiernos militares y que procure integrar los diversos sectores de la sociedad en una democracia que quiere ser plural.

Varias son las marcas y huellas de los sucesos de la última dictadura militar y de los debates posteriores que en ¡Bernabé, Bernabé! se sugieren a través de la trama, sólo hemos apuntado algunos. Otro de los ejes debatidos que instaura la novela puede considerarse como una posible respuesta a la violencia imperante durante las décadas de los sesenta y setenta, un intento por reformular las relaciones y conflictos entre los diversos sectores sociales a fin de escapar a la lógica de la violencia. En este sentido Josefina insiste en el tema de la duda: “las dudas y el temor de perder la ecuanimidad”, la misma duda que el editor propone como freno a los “caminos que desembocan rectamente en la atrocidad”(p.25). Podemos pensar la duda como una alternativa a las ideologías fuertes. En la misma línea hemos comentado la importancia de la conversación, la recuperación de otras voces, el dialogismo como críticas a aquellos que postulan una única verdad, la propia. Otras alternativas al ejercicio de la violencia que prefieren la tolerancia y la consideración hacia el otro. Estas tensiones, que podrían leerse como un nuevo lugar de enunciación para lo que suele llamarse la novela histórica,36 coinciden con quienes tienden a rever críticamente las causas que condujeron a la modernidad hacia las barbaries de las guerras mundiales, del etnocidio nazi, del stalinismo. La legitimación a través de grandes relatos que incubaban políticas autoritarias; el auge de las ideologías fuertes que llevaron al enfrentamiento irreconciliable de vastos sectores; la pérdida de una dimensión ética por el predominio de una razón instrumental constituyen, entre muchas otras, algunas de estas causas.

Estas ideas fueron reformuladas durante la década de 1980 en el campo intelectual latinoamericano a fin de analizar el enfrentamiento de las ideologías de derecha e izquierda y las consiguientes dictaduras militares de los setenta y proponer modelos alternativos. Sustituir las perspectivas totalitarias para ahondar en el carácter plural y heterogéneo de la sociedad y cultura de América Latina; elaborar nuevas formas para integrar los sectores marginados a través de negociaciones, consensos locales o acuerdos que atiendan sus demandas en un clima de tolerancia y respeto por la identidad del otro, fueron algunos de los focos privilegiados en la discusión. Las ideologías fuertes y la praxis revolucionaria se sustituyen por una nueva perspectiva abierta por el “desencanto político” que diluye los enfrentamientos y prefiere la reforma. En este marco, la tolerancia, la conversación, la duda, el “plácido y desencantado período final” desde el cual escribe Josefina, cobran otra dimensión, una dimensión crítica hacia las pasadas ideologías extremistas que posibilitaron los enfrentamientos armados y un lugar alternativo para responder a la violencia sin violencias.