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Siglo XXI y revolución, según Gonzalo Abella

EL PALENQUE DE GONZALO ABELLA para VOCACION FM

A medida que avanza el siglo XXI se hace más posible una mirada más completa de los grandes procesos revolucionarios del siglo XX, sus conquistas y las causas que los hicieron declinar. Esta mirada es necesaria porque los graves problemas que motivaron aquellas revoluciones anti capitalistas son tragedias que siguen vigentes y, peor aún, agudizadas.

 

En el siglo XXI se han fortalecido los movimientos sociales, los ambientalistas y los que denuncian las opresiones y las discriminaciones de todo tipo. Pero el desencanto con una izquierda institucional domesticada…

 

En el siglo XXI la alternativa es aún más dramática: o derrotamos al Capitalismo a escala mundial o se extingue la Humanidad. No habrá otro siglo para los pueblos. Por eso debemos estudiar las soluciones que aquellas revoluciones plantearon, cuáles de entre ellas mantienen su vigencia y cuáles fueron las causas de su declive, así como la heroica resistencia de algunos Estados que en este siglo siguen enfrentando la hegemonía imperial.

En este combate final, muchos destacamentos de la izquierda tradicional han claudicado en sus anteriores objetivos revolucionarios, argumentando que esas metas ya no son posibles. También debemos estudiar estos virajes que suman actores a filas del Capitalismo.

En el siglo XXI se han fortalecido los movimientos sociales, los ambientalistas y los que denuncian las opresiones y las discriminaciones de todo tipo. Pero el desencanto con una izquierda institucional domesticada hace que en el seno de los pueblos en lucha se abandone muchas veces el frente político. La política, en nuestras democracias tuteladas, se vuelve un juego de rotación entre la derecha tradicional y el oportunismo con disfraz de izquierda moderada. Ambos sectores, con diferente discurso, son serviles al poder de las trasnacionales y a su saqueo. Ambos sectores son cómplices de nuestra degradación.

Por eso, el problema principal en el siglo XXI es la forja de la herramienta política popular para disputar el poder político a los opresores. Es necesaria una herramienta (partido o frente) que se prepare para enfrentar a nuestros verdugos aún en las más duras condiciones que se nos impongan, y en interacción muy atenta con la combatividad y creatividad del pueblo trabajador.

Al mismo tiempo, el Partido debe delimitar claramente la etapa en la que está el proceso revolucionario concreto. Definir la etapa significa establecer cuáles son las tareas esenciales que corresponden a ella, qué política de alianzas se puede desarrollar sin renunciar a los objetivos finales, y qué línea estratégica es la más aconsejable para la coyuntura. El Programa debe ser innegociable en cuanto a sus objetivos finales, pero la plataforma de acción ´para una política de alianzas, en cambio, puede reflejar las tareas principales más urgentes, en las que podemos coincidir con nuestros aliados durante un tramo del camino contra el enemigo común.

El siglo XX está lleno de experiencias que nos muestran lo que es una política de alianzas sin renunciar a los principios programáticos. En los años 30 ante el avance mundial del fascismo, en Europa se formaron Frentes Populares en cuyo seno no se diluyó la identidad diferente de cada una de sus organizaciones integrantes. Por esa misma época, ante la invasión japonesa, los revolucionarios chinos forjaron alianzas defensivas con las fuerzas “nacionalistas” con las que habían tenido enfrentamientos armados y los tendrían nuevamente en el futuro.

Los pueblos de África y de Nuestra América forjaron frentes de Liberación Nacional en cuyo seno avanzaron las organizaciones revolucionarias hacia objetivos más profundos.

En algunos aspectos tenemos un tesoro de experiencias acumuladas. En otros planos hay que volver a empezar.

El Socialismo no es una consigna demagógica. Es un Modo de Producción que sólo podremos levantar sobre las ruinas del Capitalismo imperialista. Convencidos de su necesidad, debemos actuar en consecuencia.

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