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¿Se puede pensar el periodismo por fuera de las lógicas mercantiles, de la tiranía de la rentabilidad y las métricas?

Clic. Las críticas a lo que hago son implacables. Algunos se preguntan dónde aprendí periodismo o si tan solo llegué a estudiar la carrera. Otros más me tildan de subnormal por titular como lo hago y amenazan con hacer una denuncia masiva de los artículos que produzco. ¿Quién soy? Soy una simple redactora, el último eslabón —probablemente el más precarizado— de una cadena de trabajo sin fin que mueve deseos y arrastra millones de pesos. Trabajo para un diario sensacionalista que vive de clics “cazados” con titulares irresistibles.

¿Alguna vez diste un clic así? No me mientas. Apuesto mi vida a que sí. A todos nos ha ganado la curiosidad por saber si ese príncipe ignoto de una dinastía europea fue fotografiado en una pose más que sugerente, o si esa nueva diva del pop lucía monstruosa cinco años atrás. Tu cerebro necesita saberlo. Pero luego del clic viene la rabia, o la indignación, o la decepción, muchas veces también la culpa por haber caído en esa estrategia astuta que nos condena a pasar minutos (tal vez horas) mirando algo que, al final, no nos interesaba tanto ¿o sí? La mayoría de las veces descubrimos que la noticia no nos da lo que el titular nos promete. Nos sentimos estafados. Caemos en lo que los estudiosos llaman clickbait. ¿Mi labor? Conseguirlo.

Si mi trabajo no fuera online, la imagen perfecta para describirlo sería la de una granja, un inmenso espacio de producción de contenido, en el que algunos redactores (desconocidos para mí) excretan basura que yo tomo, proceso y excreto nuevamente, para que alguien más siga con esta cadena inacabable de “noticias”. La información ha dejado de importar, los títulos son ahora creaciones del mercado y ya no se trata de lectores (o espectadores) si no de clientes atrapados para visualizar un anuncio.

 

Un día tuve un empleo de esos que uno saca a relucir en reuniones sociales pero, ahora, solo tipeo a la velocidad de la luz: mínimo 10 notas, cada una de cinco párrafos, más título y copete, escritas en 6 horas, 6 días a la semana. Este reino de algoritmos, que dictan lo que es lo importante, es una verdadera ensalada de sensacionalismo, estereotipos de belleza y softporn: mil y una maneras de hacer alusión a partes del cuerpo femenino, bien sea por su redondez plástica o por su aparente “imperfección” capturada in fraganti por algún paparazzi; partes del cuerpo que al parecer tienen vida propia y “escapan” de la ropa que las intenta “contener”; descuidos históricos que empujan al límite los deseos, porque tal vez si haces zoom, una y otra vez, sobre esa foto, puedas ver lo que sabes que está inaccesible. ¿Jugamos con lo que deseas o te hacemos desear nuestro juego? Es el enigma del huevo o la gallina, en una de sus múltiples formas.

No importa lo que yo piense de esos cuerpos que son ahora materia prima para lo que escribo. Menos aún importa la deconstrucción feminista que durante años he venido trabajando en mi cabeza. Acá se trata de vender y la presión de coordinadores y editores es agobiante. Necesito clics.

Escribir para seducir

…hay que evitar cualquier palabra que tenga que ver con lo erótico,

mal intencionado o pornográfico. 

No existe una lista definitiva, ya que cambia constantemente

 pero es importante pensar siempre en la cuestión”.

(ESTRUCTURA DE UNA NOTA – Minúsculo manual

que recibimos para poder escribir en este anónimo diario digital)

El procedimiento es simple: cada mañana recibo una agenda con las “temáticas” a abordar. A veces es un enlace a una foto de Instagram del perfil de alguna persona famosa, otras veces es solo un nombre extraído de alguna métrica de Google y, otras, recibo directamente un link a una nota de un medio rival. Con esa información tengo que redactar textos breves y títulos irresistibles. Todo lo demás importa poco: no importa la veracidad de mis fuentes, pues si hay cientos de notas diciendo lo mismo, la repetición se convierte en garantía de “verdad”. Mi objetivo final es hacer que la gente entre en la nota. Ansío ese clic que permite visualizar anuncios y monetizar a través de Google AdSense. Tu clic paga parte de mi alquiler, aunque no mucho más, pues este trabajo no se caracteriza por sus sueldos justos.

Tengo poco tiempo: 6 horas laborales son 360 minutos y debo entregar mínimo 10 notas. 36 minutos por nota. 30, si descuento las idas al baño, las pausas para estirar la espalda, los momentos en que no sé qué carajos escribir o los segundos que robo para mirar a mi hijo, que está sentado frente al televisor viendo Pocoyó. Escribo en espejo: cortar, pegar y reescribir textos de otros es lo más eficiente. Solo tengo que asegurarme de dejar pocos rastros de este plagio. Es esta repetición, de la que hago parte, la que te lleva a leer sobre el trasero de JLo y es tu lectura la que lo convierte en tema ineludible para el algoritmo, que nos vuelve a pedir que escribamos sobre el trasero de JLo porque a muchos y muchas les interesa. Así siempre, hasta el infinito.

Las reglas para escribir en este trabajo son claras y deben ser cumplidas a rajatabla, porque nuestro primer lector no tiene ojos humanos, es el algoritmo.

De frente y nada más, te quita la respiración

Desnuda. Así me siento cuando empieza mi primer día en este trabajo. Mi agenda inicial de noticias es sobre celebridades argentinas. Yo soy colombiana y nunca me interesé por el Jet set de mi país, menos por el de estas latitudes. Cada nombre me implica realizar una mínima búsqueda en Google. ¿Quién es Pampita? ¿Quién es Myrko? ¿Quién es Lizy Tagliani? Por mis dedos tecleando a la velocidad de la luz pasan amores y desamores, escándalos (que no son tan escandalosos pero amplificamos igual), bikinis en playas griegas y mucha celulitis. A medida que “asciendo” en el escalafón invisible de clics, puedo acceder a personas (¿personajes?) más famosos. ¿Cómo se veía Kim Kardashian antes de ser LA Kim Kardashian que todos (?) conocemos? ¿Cómo hace Miley Cyrus para enamorarse tres veces, mientras el resto de los mortales sostenemos por meses el dolor de una ruptura amorosa? Mis primeras notas la pegan y toco el cielo brevemente. Mi editor me ama. Dice que tengo “el toque latino” que estaba buscando. Así que voy por más. Pero conforme pasan los días en esta fábrica de empanadas noticiosa, empiezo a perder el impulso de la novedad. Me estanco. Mis notas no pasan de las 2.000 vistas. Se acaban las palmaditas en la espalda y llega el látigo virtual. Recibo llamadas que apelan “amablemente” a mi creatividad.

Las mejores redactoras (hay redactores hombres pero por alguna razón las reinas son mujeres) suman visitas por miles: 50.000, 100.000, 200.000. Para que se hagan una idea deben saber que el diario para el que trabajo tiene, como cualquier otro, sección de política y economía, pero esas notas son solo maquillaje. Muchas no llegan ni a las 1.000 vistas. Espectáculo y Entretenimiento arrastran y sostienen este modelo de negocio.

En medio de la crisis, se me ocurre que tal vez no es creatividad lo que me falta si no estrategia. Así que dedico unas horas tras mi jornada laboral a analizar lo que hacen las mejores y elaboro una lista de palabras y frases clave.

Hago este trabajo usando mi nombre y mi fotografía real. Al principio no lo pensé mucho, después dejó de importarme. Luego sentí que debo hacerme cargo de la basura que estoy escribiendo. Pero siempre me queda la duda. No le cuento a mi familia sobre mi trabajo. Pero a mis amigas a veces les comparto algunas de mis notas, como forma de consumo irónico. Me valida la necesidad de pagar las cuentas pero no puedo evitar la culpa, que se convierte en angustia.

Unas semanas después descubro que las notas que se publicaron bajo mi nombre, pierden su autoría con el tiempo y se convierten en noticias anónimas. Respiro. Pero mi ego puede más, así que les cuento que tuve un pequeño hit viral: «¿Quién no quiere moverlo con Jesica Cirio?». La última vez que la ví había sumado más de 50.000 lecturas. Nunca tanta gente había leído lo que escribo. Jesica Cirio me ha ayudado a tener mis 50.000 clics de fama.

 

¿Cómo terminé haciendo esto?

Si yo digo crisis en los medios o precarización laboral, no estoy hablando de nada nuevo o desconocido en el panorama, ya sea a nivel argentino, latinoamericano o en el mundo entero. Las noticias de despidos masivos en medios de comunicación que cierran porque no son sustentables y rentables (al menos no dentro de la lógica del mercado capitalista) no sorprenden. No dejo de asistir a seminarios, charlas y encuentros en donde analizamos las mismas preguntas, diseccionamos casos y le buscamos la vuelta al periodismo (pues la premisa sostenida durante mi adolescencia sobre preferir vivir bajo un puente, antes que estudiar otra cosa, parece haber simplificado bastante el problema).

(Para más info pueden visitar la página de FOPEA -Foro de Periodismo Argentino-)

A este panorama, que me excede, se suman otros “detalles” no menores: soy madre de un bebé pequeño, ya no me puedo identificar como joven y el haber estudiado una maestría me juega en contra. En el ranking de profesionales tentadores para ser contratados por un medio grande estoy cada día más abajo, cada día con menos posibilidades.

Así que mientras engancho una nota tras otra, intento pensar en el lado positivo de toda esta situación. Lo cierto es que tiene sus ventajas: estoy trabajando desde casa y todo el trabajo de “investigación” está a solo unos clics de distancia, puedo asistir en pijama y estoy cerca de mi hijo (aunque podemos debatir si cercanía implica presencia).

Pero conforme pasan los días, los “contras” se van haciendo más y más visibles: casi puedo sentir cómo se me va haciendo papilla el cerebro. Anoche me soñé con Jesica Cirio (y no daré más información, al respecto).

Los efectos paradójicos sobre mi vida virtual también se empiezan a sentir: como vivimos una vida online gobernada por algoritmos y yo me la pasó googleando a cada personaje que me asignan, ahora el buscador no deja de ofrecerme —en mi tiempo libre y en mis redes sociales— información que “entiende” como importante para mi vida.

En las charlas con amigos, soy la que trae novedades impensadas de actores, cantantes y celebrities que ninguno conocía pero que ahora irrumpen en nuestra cotidianidad de mi mano. Soy la amiga del dato inútil pero llamativo, la reina del chismorroteo sin sentido.

¿Por qué nos llama tanto la atención este mundo de príncipes y princesas, de sangre en tonalidades variadas? ¿Cómo se encumbra a una persona común sobre millones de seguidores? ¿Por qué mis títulos tienen menos enganche que los de otras redactoras? ¿Es bueno ser mala en esto?

Crisis

Una mañana me conecto a trabajar y, aunque todo es online, puedo sentir un revuelo generalizado en el ambiente virtual que no logro entender. En el chat del grupo de redactores de la mañana hay una advertencia: a partir de este momento no podemos publicar ninguna nota sin que pase por la revisión de un editor. Ninguna. Primer y último aviso.

Unas horas después, el chat en donde “marcamos tarjeta” recibe dos mensajes, de dos redactores diferentes: “Me retiro por orden de XXXX”.

 

¿Qué pasó? En medio de la epidemia de feminicidios que atraviesa Argentina, que un redactor utilice la frase “estar vestida para el crimen” con el fin de halagar a una reconocida actriz puede atraer mucha atención, pero no justamente de la deseada. Luego, en una secuencia casual y trágica, otro redactor decidió sorprender a sus lectores con un “la quemó toda” y quedó “en los huesos”, para referirse a otra actriz y presentadora.

Juguetear con el lenguaje; ser creativos; caminar por el límite, sin pasarlo. A veces las fronteras se tornan difusas y en medio de los juegos de palabras que aluden a frutas (los duraznos, los melones o los limones de tal actriz), objetos (los flotadores, tren delantero, tremendo parachoques) o animales (como la merluza), se van mechando palabras no tan inocentes: estrujar, ahogar, disciplinar. Es difícil no perder un poco la perspectiva cuando estás en competencia constante por ese clic. Es difícil no dejarse llevar cuando la única métrica que importa es que entren a tu nota y lo es aún más cuando, sin sutileza, el editor principal te escribe recordándote que eres prescindible: hay una fila de profesionales listos para hacer lo que tú haces, por dos pesos.

Los clics, los lectores, los redactores, en esta ecuación todos somos números y ninguno es más importante que el primero.

 

Hackeándote el cerebro

Hablemos de placeres culposos. Me siento frente al computador dispuesta a terminar esta crónica de una buena vez por todas. Pero antes paso por el diario para el que solía trabajar (por suerte ya es pasado) y descubro que Angelina Jolie le está haciendo una “polémica exigencia a Brad Pitt para que pueda ver a sus hijos”. Vamos Magda, no vas a caer. ¿Por qué habría de importarme la vida de Brangelina? ¡Bah! Es solo un minuto. Clic.

Cada clic suspende el tiempo. Cuando vuelves a mirar el reloj de vuelta han pasado 40 minutos más, de los 5 que te permitiste para chequear eso que sabes que no es importante, pero se ha vuelto necesario.

La palabra “fascinar” viene del verbo latino fascinare: encantar, hechizar. La fascinación que siente el común de los mortales por los famosos no tiene su origen en lo aspiracional, porque un embrujo es algo que bloquea la razón y la voluntad; un hechizo es una fuerza demasiado poderosa que nos toma y nos obliga a hacer ciertas cosas que, en circunstancias normales (racionales), no haríamos.

Alejandro Seselovsky —periodista argentino que se ha dejado fascinar por la fascinación que despierta el jet set local— afirma que el proceso que logra encumbrar a simples mortales en la categoría especial de estrellas es sensorial, preverbal. De repente somos bebitos de meses, enfrentados a luces y lentejuelas de colores, y no podemos más que abrir los ojos bien grandes y entregarnos a esa magia. Atrapados por el accidente (“¿te animás a mirar?”, “al límite”, lo dejó a la vista”), un título clickbait rompe con la lógica del mundo (“es demasiado”, histórico”, “lo menos pensado”). Por eso, después de dar el clic puede venir la culpa, el enojo, el rechazo, cuando nuestro cerebro lógico, adulto, académico, se vuelve a encender y descubrimos que, una vez más, hemos caído.

¿Existe un antídoto? ¿Necesitamos un antídoto? O tal vez, como afirma Seselovsky, resulte más interesante empezar a preguntarnos por el valor y el sentido de lo masivo, esa oleada que muchos rechazan, que puede no tener razón, pero que no desaparece.

¿Sueñan los redactores precarizados con cibercelebridades de plástico?

Curiosidad y rechazo. Tras navegar las aguas de lo masivo durante algunos meses, estas dos sensaciones se fueron intercalando. Cuando tenía 14 años y tecleaba con pasión los ensayos para el colegio en una vieja máquina de escribir —soñando en convertirme en periodista y viajar por el mundo— no me imaginaba siguiendo el paso a paso de una exitosa cirugía para agrandar el busto o los detalles de la controvertida relación amorosa de los duques de Sussex.

Como periodista ¿me interesa lo masivo? Tal vez no. Pero tampoco me interesa mirarme el ombligo y hablarle a 20 pelagatos. ¿Cuál es el punto intermedio? ¿Se puede pensar el periodismo por fuera de las lógicas mercantiles, de la tiranía de la rentabilidad y las métricas? No lo sé. En esta parte del texto, en donde debería esbozar alguna conclusión grandilocuente y aleccionadora, lo único que encuentro son más preguntas.

Tal vez porque sigo siendo esa niña de 14 años, ingenua y soñadora, con una amiga nos armamos nuestro propio medio y esta es la nota inaugural de una nueva etapa. Una etapa en la que escribimos, grabamos y editamos lo que a nosotras nos gustaría ver ahí afuera.

Tal vez, con algo de suerte y la bendición de Jesica Cirio, esta nota llegue a tener 50.000 lecturas.

Fuente: latmedia