Inicio » Los orientales más ilustrados de Uruguay I
Cultura

Los orientales más ilustrados de Uruguay I

Horacio Abadie Santos nació en Montevideo en 1886 y murió en la misma ciudad, en 1936. Fue un destacado abogado, profesor, periodista y político colorado, además de catedrático de Derecho Penal y Ministro de Instrucción Pública, esta última función bajo el gobierno de Gabriel Terra.

Colaboró en la redacción del proyecto que creó el Tribunal de lo Contencioso Administrativo. Es asimismo autor de distintas publicaciones, entre ellas Estatuto universitario: diez bases para tener en cuenta (1928), Represión del proxenetismo (1932), De la jornada anticolegialista (1933) y La impunidad del aborto consensual (1935).

Como periodista en la prensa montevideana, es conocido por sus seudónimos “Galf”, “Maese Nicolás”, “Fray Martín” y “Ayax”.

Desde 1940, la rambla Sur de Montevideo cuenta con una escultura en su homenaje realizada por Antonio Pena. Bajo la estatua de Minerva, sobre el basamento que la sostiene, un medallón de bronce exhibe la efigie de Horacio Abadie Santos junto a las palabras: “Estudió, enseñó, realizó”.

Eduardo Acevedo Díaz nació en 1851 en Villa de la Unión, Montevideo, y murió en Buenos Aires en 1921. Fue periodista, historiador, político, y un novelista fundacional en la literatura uruguaya.

Integrante del Partido Nacional, entre 1870 y 1903 participó activamente en la vida política, a tal punto de tomar las armas en tres ocasiones: en la Revolución de las Lanzas (1870-1872), en la Revolución tricolor (1875) y finalmente en el levantamiento saravista de 1897. Dos años después fue electo senador, pero en 1903 finalizó su actividad política. Por desavenencias internas, su sector minoritario dentro del Partido Nacional se inclinó por la candidatura de José Batlle y Ordóñez, férreo opositor. Acevedo Díaz fue expulsado de su partido y luego designado como diplomático en Estados Unidos, México y Cuba, en una trayectoria que lo alejará de un Uruguay al que no quiso regresar.

A la par de las armas y del periodismo, Acevedo Díaz fue trabajando una extensa obra narrativa, logrando la invención de “una realidad novelesca coherente y autónoma” al decir de Emir Rodríguez Monegal en uno de los varios prólogos que preceden las ediciones de sus novelas en la colección de Clásicos Uruguayos. El núcleo de esta obra se halla en las cuatro novelas que constituyen su tetralogía épica: Ismael (1888), Nativa (1890), Grito de Gloria (1893) y Lanza y sable (1914). De acuerdo a Arturo Sergio Visca, “en las cuatro existe idéntico propósito subyacente: hacer de la obra literaria instrumento eficaz para la creación de una conciencia colectiva”, idea que también comparte Francisco Espínola al afirmar que el protagonista de este ciclo es la nacionalidad abriéndose paso dolorosamente.

Asociados al núcleo de esta tetralogía y no ajenos a su calidad, pueden citarse el cuento El combate de la tapera (1892) y la novela Soledad (1894), “desvinculada del ciclo épico por su tema pero emparentada con él por su idéntico valor representativo” destaca nuevamente Visca. Asimismo, vale citar el volumen Épocas militares en los países del Plata (1911), en el cual el autor aborda el ensayo, pero con la misma atmósfera heroica de su narrativa.

Alberto Zum Felde, en una visión general sobre la obra de Acevedo Díaz, afirma: “puede ser considerado como el iniciador de la novela nacional; no porque haya sido el primero en cultivar el género, sino el primero en lograr obra de categoría. Sus novelas históricas representan, en efecto, la primera realización seria y durable del género narrativo en el Uruguay”.

Francisco Acuña de Figueroa nació en Montevideo en 1791 y murió en la misma ciudad, en 1862. Es considerado el primer poeta nacional, con profunda influencia del clasicismo y un atinado ingenio para la poesía satírica.

Miembro de una familia de altos funcionarios españoles en época colonial, recibió una formación clásica de la que no se apartó, a pesar de los sucesivos y profundos cambios ideológicos y políticos que le tocó transitar, y de los que dio testimonio en su cuantiosa obra. Fue, en su época, “el poeta de Montevideo”: supo registrar sus avatares, el desempeño de sus mandatarios y otras personas de relevancia en la sociedad. Alberto Zum Felde es explícito al respecto: “Fue un gubernista, o un oficialista durante toda su vida, y celebró en odas y en acrósticos a todos los mandatarios que se sucedieron hasta su muerte, llamáranse Rivera, Oribe, Suárez, Giró, Pereira, Berro o Flores. Diríase que su función de poeta cortesano era algo inherente a su empleo administrativo”.

Cronista en verso de los episodios más dramáticos, registró los acontecimientos del Segundo Sitio de Montevideo y, ya declarada la independencia, fue autor del Himno nacional uruguayo (con dos versiones oficiales, una de 1833 y otra de 1845) y del Himno nacional del Paraguay. Buen latinista y conocedor de lenguas modernas, tradujo obras clásicas y contemporáneas, incorporó formas y ritmos populares, compuso poemas visuales, epigramas, anagramas, acrósticos en los que celebra, entre loas y burlas, una gran variedad de estampas. Describió su caudalosa producción como compuesta por piezas Patrióticas, Amatorias, Fúnebres, Jocosas, Religiosas, Ingeniosas, Enigmáticas, Varias, Epigramáticas y Satíricas, sin contar aquellas que excluyó, ocultó y olvidó.

Dada su fecundidad como escritor, sus colaboraciones en periódicos fueron frecuentes, sin embargo sólo vio publicada en libro —o folleto— una pequeña parte de su obra: A la victoria contra Massena por el ejército combinado (1811), El Dies Irae y el Sacris Solemniis (1835), Mosaico poético (1857). De forma póstuma, en doce tomos, se publican sus Obras Completas (1890), y en 1922, en tiraje reducido y “para circulación privada”, su ya legendario Nomenclatura y Apología del Carajo.

Zum Felde distingue a Acuña de Figueroa como el poeta más representativo del período clasicista en nuestras letras, aunque le reprocha no pocos “engendros retóricos”. Es en su pluma burlesca donde encuentra mayor mérito: “con las ligeras musas de la sátira, danzaba y retozaba libremente su alegre ingenio. Probablemente, es el mejor poeta burlesco de su tiempo, en castellano; y uno de los mejores de todo tiempo”.

 

Retrato de Francisco Acuña de Figueroa
Miguel Benzo, 1917
Óleo sobre tela
105,5 x 80 cm
Museo Histórico Nacional

Adolfo Agorio nació en Montevideo el 15 de setiembre de 1888, y murió en la misma ciudad en 1965. Hijo de padres uruguayos de ascendencia vasca, se destacó como ensayista, crítico teatral, catedrático, periodista, a lo que sumó una marcada afición por los viajes.

Su sinuoso itinerario intelectual lo llevó desde un liberalismo inicial hasta una adhesión a las prédicas nacionalsocialistas. A través de sus páginas en los diarios uruguayos EL DÍA y LA MAÑANA, el parisino L’ECLAIR y LA NACIÓN de Buenos Aires, demostró —de acuerdo a palabras de Gustavo Gallinal— ser “(…) dueño de una cultura no estrechamente literaria, cultura de perspectivas hondas que lo distingue de la mayoría de nuestros intelectuales, dominados por cierta novelería inestable y caprichosa”. En cambio, Zum Felde anota con una severa mirada crítica: “Intelecto vivaz pero voluble, brillante pero superficial, más efectista que sólido, Agorio […] presenta los rasgos típicos del diletante”.

Dentro de su vasta producción literaria se encuentran algunos ensayos de relevancia que muestran el tono reflexivo e individualista del autor. Entre ellos se destacan Ataraxia (1923) y Leoncio Lasso de la Vega y la Ronda del Diablo (1957).

Hugo Alfaro nació en Tala, Canelones, en 1917, y falleció en 1996 en la ciudad de Montevideo. Destacado periodista, ameno crítico cinematográfico, recordado cronista, Alfaro también fue administrador del semanario MARCHA desde 1945 hasta la clausura definitiva del mismo en 1974, ocasión que lo llevó a padecer un breve período de cárcel.

En 1940 inició su labor crítica en la revista CINE RADIO ACTUALIDAD. Con el avance democrático de 1985, supo culminar su labor con la fundación del semanario BRECHA, del cual fue director hasta 1995. Entre otras publicaciones, buena parte de su trabajo periodístico fue recogido en libro, es el caso de Alfarerías (1995) y De cine soy (2001).

Marcelina Almeida fue narradora y poeta. Dada la escueta información que se tiene sobre su persona, ha recaído sobre ella un silencio no exento de misterio. Nace en Buenos Aires, presumiblemente en 1830, y muere en 1880 en Montevideo, ciudad en la que vivió desde muy joven.

Su obra literaria se inicia en Montevideo, y se canaliza a través de distintos medios de prensa, entre ellos SEMANARIO URUGUAYO (1860-61), EL PUEBLO (1861) y LA AURORA (1862-63). De acuerdo a Francisco Acuña de Figueroa, “muy niña, publicó aquí su primera novelita, bastante correcta, donde ya brillaban los destellos de una alta inspiración”, pero de este libro no se conservan registros.

Su producción no parece abundante, no obstante Almeida obtiene cierta notoriedad con la novela romántica Por una fortuna una cruz (1860), la que resultó ser la primera novela publicada por una mujer en Uruguay. En la misma se hace visible la realidad del matrimonio arreglado, en este caso de una joven de quince años obligada a casarse con un rico comerciante, cuarenta y un años mayor. En un momento histórico matizado por grandes divisiones político-religiosas respecto a la educación y a la presencia de la mujer fuera del hogar, Almeida subraya la injusticia y desde su inquietud femenina reclama un cambio.

Su novela, como era previsible, no tardó en generar un acalorado debate en la prensa local, a través del cual se discutió su valor literario, pero también la conveniencia de que una mujer se dedique a escribir y a cuestionar valores tan arraigados como la institución matrimonial.

Marcelina Almeida no aparecía en ninguna historia de la literatura de Uruguay, si bien su obra se conservaba en la Biblioteca Nacional. En 1998, Por una fortuna una cruz fue rescatada del olvido por la investigadora Virginia Cánova, quien ubica a la obra y a su autora dentro de los orígenes del feminismo en nuestro país.

José Alonso y Trelles, más conocido por su seudónimo “El Viejo Pancho”, nació en Ribadeo, España, en 1857, y murió en Montevideo en 1924. Fue su tierra adoptiva la ciudad de Tala, Canelones, desde la cual elaboró una poesía popular de temática criolla.

A los 17 años arribó al Río de la Plata. Luego de un pasaje por Argentina, se instala en Uruguay en 1877. En el pueblo de Tala se casa, emigra a Brasil pero a los cinco años regresa al lugar donde sería su definitiva morada. Estudia notariado pero no finaliza, no obstante ejerce como procurador judicial y, a la vez, se dedica al periodismo. A partir de 1894 publica —como propietario y único redactor— el periódico EL TALA CÓMICO y luego MOMENTÁNEAS, y comienza con sus primeros versos criollos. En 1908, tras el fallecimiento del titular, ocupa una banca como diputado por el Partido Nacional, pero su actitud modesta y retraída —al decir de Fernández Saldaña— no colaboran en su reelección.

Como poeta gauchesco se conoció a través de publicaciones en EL FOGÓN y EL TERRUÑO. Una selección de estos poemas fueron recogidos en el libro Paja brava (1916), largamente reeditado bajo su seudónimo “El Viejo Pancho”, con el cual asentó definitivamente su fama. Carlos Gardel, llegó a interpretar cuatro de sus poemas: “Insomnio”, “¡Hopa, hopa, hopa!”, “Como todas” y “Misterio”.

Alonso y Trelles también escribió teatro, alternando la prosa y el verso, con una producción que se mantiene en su mayoría inédita. De lo publicado, cabe citar a Juan el Loco (1887), un comienzo “romántico trasnochado y trivial, imitador de Bécquer” escribe Zum Felde, y la obra ¡Guacha! (1913), definida por el propio autor como “drama nacional en un acto”.

Gustavo Gallinal afirma que “el lenguaje del Viejo Pancho no es gauchesco, sino el habla rústica recogida de labios del paisano actual, rica en modismos, locuciones y dichos populares”. Por su parte, Zum Felde sostiene que sus versos “no expresan sino indirectamente el alma del paisano; directamente sólo expresan la suya propia. Acaso por eso —y por esa escala de universalidad humana que hay en lo más puramente lírico— su poesía es sentida emotivamente por toda clase de individuos”.

Fuente: Anaforas