Diario Uruguay
Veredas

Veredas en la Venecia de Ramón Mérica

HECHALAMERICA POR RAMÓN MÉRICA. De su viaje a Italia para Diario Uruguay
(Archivo 16 de Julio de 2000).

COTIDIANA Día a día, rutinariamente, Venecia vive su prolijo viaje sin sobresaltos

CANAREGGIO HORA CERO

Ajenas a los apuros, las islas adriáticas viven fuera de Italia, fuera del mundo, fuera de todo. Un universo
bastante extraño. Como casi toda Europa -excepto España, excepto Madrid- Venecia muere temprano. Morir quiere decir terminar las tareas a las cinco -seis de la tarde, recalar en un “bácaro” (boliche) para tomar algunos tragos y degustar alguna picada (“cichetti”), verse con los amigos cotidianos y luego a casa, donde quizá lo espere algún programa de una televisión bochornosa, incalificable. A las nueve p.m. el veneciano ya está conversando con la almohada.

PUERTAS AFUERA

Esa austeridad se nota, esencialmente, en la calle. Porque después de las 21 (salvo en un par de reductos en Plaza San Marcos) no hay nada para hacer en la serena, absolutamente nada. Pese a la avasallante invasión turística, la ciudad se hace la sorda en cuanto a las distracciones nocturnas, lo cual provoca que cada cincuenta metros el caminante se tope con alguien que inevitablemente le pregunta “¿No sabe de algún lugar abierto para tomar una copa? o algo por el estilo. Hablar de comer, después de esa hora, ni soñar.

Y aquí sobreviene una reflexión:¿no hay vida nocturna porque no hay consumo o no hay consumo porque no hay vida nocturna?. Todo indica que un pionero con un “pub”, un restaurante tardío o una discoteca no tendría mucho que perder. Ejemplo al canto: en un oculto meandro del Rialto hay un “pub” obstinadamente inglés, “The Devil´s Forest”, donde siempre hay un gran televisor transmitiendo partidos de fútbol, ríos de cerveza, algo para comer y ese sitio sin horas está siempre repleto. Es el único.

QUIEN TE VE
En las imprevistas curvas del laberinto y sus oscuridades aparecen cada tanto dispositivos para sacar films en vídeo, algo que debe salvar las horas altas de los venecianos insomnes, porque la propuesta televisiva (como la de la radio) es francamente vergonzosa. ¿Como es posible que el país más creativo de la tierra se permita tener uno tras otro programas de entretenimientos (¿?) tipo Susana Giménez o Berugo Carámbula o Don Francisco? No se puede creer lo que se ve y lo que se oye en esas entregas donde las conductoras han agotado todo el stock del siglo de lamé, lentejuelas, pelucas, pestañas postizas y agua oxigenada que debía durar cien años. Los conductores, por su parte, han agotado todo el laqué de las peluquerías,, las lustrinas y alpacas de los registros de géneros. No se puede creer. (También puede aparecer Eros Ramazzotti. ¡Socorro!).
Menos se puede creer en tres fenómenos televisivos que han llegado en góndola. Uno: sin horas fijas, la pantalla se inunda con imágenes de señoras muy esotéricas que tiran las cartas según consultas de interesadas que han enviado el dinerillo necesario para esos menesteres: cuentan delante de toda Italia que su vida es así porque su marido es así o  porque ella es de tal forma y entonces tiene que… Con o sin bola de vidrio y búho al hombro, esas cartomantes asolan las horas sin horas.

Dos: al filo de la medianoche, cuando los nenes navegan en el Internet Morfeo, la pantalla se inflama por muchas horas con señoritas muy acaloradas a las que no se les entiende lo que hablan pero es muy claro que se sienten desamparadas y no es precisamente al Buen Pastor que quieren ir. Siempre tienen un teléfono a mano, cuyo número la pantalla magnifiza sin verguenza, porque están dispuestas a todo, incluso navegar inmediatamente hacia Mestre o Dolo, porque la noche es joven, todavía. La señorita ni la pantalla hablan de precios. Eso es cosa de groseros.

Tres: en varios momentos del día, la pantalla parece reproducir un viernes caliente de Gomensoro, pero no es tal. Es un tele remate de obras de arte (mayormente muebles, tapices y pinturas) que ha llegado hasta los estrados gubernamentales porque los nombres y cifras que se manejan son espeluznantes. Ejemplos: una marina de Picasso (200 mil dólares), un huevo de Brancusi (300 mil), una “Anunciación” de Palma el Viejo (800.000), una arquimesa bizantina con incrustaciones de perla y piedras preciosas (150.000), una tapicería de Bayeux (180.000), a lo cual hay que agregar firmas menos célebres pero que igualmente hamacan
las exigencias del martillo por encima de los 50 mil dólares.
Ha sido tal el escándalo provocado por ese fenómeno que el caso trepó a los estrados gubernamentales, provocó investigaciones sobre la veracidad de las ofertas, especialmente sobre las ventas, de todo lo cual resultó que ese tele remate es lo más claro y prolijo del mundo, sin argucias ni trampas ni engaños. El Corriere della Sera, alertado por el fenómeno, publicó un informe detalladísimo del hecho en una investigación periodística de primer orden. Seguramente, ese informe de prensa fue de gran ayuda para los interesados en aclarar la historia del fabuloso tele remate, donde los televidentes compran verdaderamente
un Dalí un Chagall o un Cellini.

PUERTAS ADENTRO

Si todo termina temprano, si la calle no ofrece tentaciones, ¿qué hacer, entonces, para divetirse, para cortar la rutina de los días?. Reunirse en casa. Empiezan a llegar a la casa elegida a eso de las siete y media-ocho (tampoco se trata de acostarse tarde un viernes o un sábado) y, según lo convenido, muchos de los contertulios se aparecen con algo de Gorgonzola o con un postre, o con una “Colomba”, esa suerte de gran pan de leche coronado por briznas de merengue, una inocencia que vale la pena, sobre todo a la hora del café. Como en la Colonia rioplatense o las tertulias del Novecientos montevideano, los sexos se buscan para conversar; las señoras comentan el fantástico tocado de perlas, esmeraldas y uvas moscatel de verdad que lució Ornella Vanoni como Reina del Carnaval veneciano 2000, los señores encienden sus adjetivos cuando recuerdan el pasaje del uruguayo Alvaro Recoba por el Venecia durante seis meses del´99, cuando salvó a la escuadra de la Serenisima del descenso. Porque hay que decirlo de una vez por todas: Recoba, en Italia, es un rey. En Venecia, un dux. Lo comprobé en Milán, adonde fui a buscarlo para una entrevista. Hacerlo caminar dos cuadras para tomarle las fotos demandó más de una hora.


Basta nombrarlo en un bar, susurrar su nombre en un restaurant, comentar que se lo conoce para que toda la atención se vuelque sobre la figura de ese chiquilín de 24 años, nacido en el Cerro, criado en la Curva de Maroñas, que cuando entra en la Galería Vittorio Emanuele de Milán o en el refulgente Caffé Florian de Venecia, todo se detiene. Es mejor que por allí no se aparezca Sophia Loren.

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