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martes 12 diciembre 2017
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No me atrevo a predecir ni una niña más asesinada

No me atrevo a predecir ni una niña más asesinada

LA OPINIÓN EN EL URUGUAY. Desde Montevideo, Ruben Abrines Collins para Diario Uruguay.

“Ninguna ley será capaz de reparar la pérdida de las tragedias de todas las Valentinas, con ellas se nos va a todos un pedazo del futuro de toda la humanidad e incluso el de sus implacables depredadores”

Un Rey mandó a matar a todos los niños porque temía perder su poder y sus riquezas sólo porque le dijeron que había nacido un niño que podría poner fin a todo. Uno, o quién sabe si no fueron más. En un remoto y pacífico lugar del mundo llamado La Pedrera- Rivera, el costado perverso de unos hombres oscureció una vez más a toda la humanidad violando y asesinando a una niña de nueve años.

Seguro no son reyes ni poderosos del lugar. Con seguridad los más idiotas e infelices se valieron del engaño e inocencia de una niña que no alcanzaba los 10 años de vida, que con seguridad no conoció el peligro del mar, el rugido de los aviones, el vértigo que provoca la rueda gigante, que no le permitieron llegar a su fiesta de quinceañera.

Abusaron, mataron y la ocultaron, este nombre, Valentina, quedará prohibido de olvidar a todos nosotros que estuvimos desatentos y una vez más quedó demostrado que hicimos poco, los que podemos aún medir los riesgos que corren los niños en nuestra sociedad, en todas las esferas de la sociedad, sin diferencias ni exclusiones ni patrimonios.

Los bastardos fueron más lejos que aquel rey de las leyendas bíblicas. Ahora no importa sus nombres y apellidos, con quiénes vivían, si eran cultos o idiotas, si sus familias sufrirán más, y nunca, como la de Valentina. Ahora no importa si en el lugar donde se criaron la lluvia hace charcos y el barro sube hasta los ojos, si terminaron la escuela, si tenían amigos que alguna vez los festejaron. Es cierto, aunque a muchos nos duela, aún vivimos en la prehistoria de la humanidad.

Valentina, su nombre maravilloso que según algunas raíces significa “que posee fortaleza, que vale o que tiene salud”, era muy pequeña, con su candor intacto, su inocencia virgen en los adultos. Todo es un hecho horrendo, el abuso sexual y el crimen contra una pequeña conocida, hija de vecinos, un ser indefenso, sin tiempo de haber aprendido a saber dónde se oculta la maldad de los hombres.

La ocultaron hundida en un escaso curso de agua, aplastada bajo las piedras y se fueron a dormir en sus camas después de tan miserable felonía, sin remordimientos, sin conciencia de que habían matado además a la inocencia, que es decir a todos nos mataron algo. Sospecho y temo, sólo de pensarlo horroriza, que estos desquicios no serán los últimos. El cuidado de los niños y niñas es una faena de toda una sociedad o no lo es. Paralizarnos, quedar sólo en el rechazo y apelar a las múltiples formas de condena no basta. Reclamar actos iguales o parecidos ejecutados por el estado o por mano propia, nos aleja de las Valentinas para siempre y nos iguala y nos reduce a la condición de despreciables escorias humanas. No habrá consuelo. Los que hemos sufrido la muerte y desapariciones de familiares, entre ellos hijos, muchos amigos, compañeros y camaradas, jóvenes y viejos, sabemos que nada hiere tan profundamente como cuando se mata la inocencia de una niña. Cuando mediante el engaño se vulnera la confianza de un niño es siempre el peor de los crímenes que se pueda cometer, en un solo acto se hacen múltiples crímenes.

Ninguna ley será capaz de reparar la pérdida de las tragedias de todas las Valentinas, con ellas se nos va a todos un pedazo del futuro de toda la humanidad e incluso el de sus implacables depredadores. No creo en la redención de este tipo de hechos ni en la actual justicia, que condena y que falla, encarcela y luego se repliega en calma sólo con enviar a la cárcel a estos despojos humanos, casi siempre salidos del entorno de las familias de todas las esferas de la sociedad. Poco importa ahora cuál será la suerte definitiva de los que se atrevieron a tamaño desquicio en contra de un ser indefenso, vulnerable, con el candor y toda la inocencia de su corta vida, la confianza puesta en los mayores, padres, vecinos, amigos, conocidos, Valentina no podía saber de qué se trata tanta miseria humana. Ella no falló, ella confió en nosotros los adultos, en sus padres, en sus vecinos, sus conocidos en la gente que la vio nacer, que la vio aprender a caminar y sonreír. Ella no falló. Nosotros le fallamos. Nosotros no aprendimos lo suficiente para cuidarle su inocencia, advertirle de los riesgos y de las perversidades de que son capaces algunos seres humanos.

No seré uno más de los que pidan condena de muerte, ni entréguenselos a los presos, que muchos siguen llamando “pichis“ y que ellos se hagan cargo, con sus leyes y códigos represivos carcelarios de mafiosos, como si en una cárcel estuviera otro templo de la justicia. No desconozco los humores de las poblaciones carcelarias y no creo en la redención carcelaria que se aparte de la obligación al trabajo y el estudio. Con seguridad no será una novedad algunas cosas que podrían llegar a ocurrirles a quienes cometieron estos tremendos delitos, dentro del baño, en los largos pasillos que alinean las celdas, en un día cualquiera en el recreo, en el viaje a una visita, dentro de los amasijos de una celda para tres donde conviven 10.

Se enterarán de las conocidas aberraciones sexuales y la obligación de prostituirse, las torturas sistemáticas que sufren algunos delincuentes de este tipo, conocerán de qué se trata la vista gorda de los carceleros e incluso la inesperada muerte clandestina. Sólo digo, no seré yo quien vaya a olvidar a Valentina y todas las Valentinas víctimas que fueron sometidas a estas aberraciones por alguien conocido de su entorno. Con el corazón estrujado deberé estar más alerta, no dar por sabido que siempre detrás de un rostro hay un ser humano y que sólo los humanos somos capaces de transformarnos en una grotesca caricatura de maldad que no son capaces de hacer las más feroces bestias del reino animal.

Haya descanso en tu recorrido niña universal. Los que quieran y sepan rezar que lo hagan, los que no sepan y no quieran rezar, háganse sus obligaciones, en cada casa, en cada vecindario hay una Valentina de todos.



Eduardo Mérica, periodista uruguayo desde 1979. Integrante de las redacciones de La República, Estediario, El Deportivo Sport Magazine y Marca. Tuvo pasajes por radio CX 32 Radiomundo “Contacto Deportivo” y CX 38 Sodre. Redactor creativo del programa Vida Sana (Canal 5 Sodre), Jornalista en A PLATEIA Livramento, Brasil. Sub Editor de ACAURUGUAY.COM y Editor de www.diariouruguay.com.uy y www.futboluruguayo.uy. Es miembro de AER y presidente de la filial APU (Asociación de la Prensa Uruguaya) Rivera.


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