Search
miércoles 18 octubre 2017
  • :
  • :

El héroe de dos continentes

El héroe de dos continentes

Clover Machado, docente, periodista de investigación y Secretario de Redacción de Diario Uruguay. nuevatierra7@hotmail.com

LA OPINIÓN EN EL URUGUAY. Desde la Redacción de Diario Uruguay/ Clover Machado.

Notable la exposición de la Profesora Lilián Ferrarés, acerca de una figura histórica y cargada de significación para los que se identifican con ideales republicanos, como lo fue Giuseppe Garibaldi. Como todo personaje que en un momento deja su impronta, el mismo ha sido elogiado y también de su persona se ha forjado algún estereotipo que otro, como ser que fue in mercenario. Cuando se lee e investiga, como lo ha hecho con gran objetividad Lilián Ferrarés, determinadas ideas y prejuicios pierden sustentabilidad.

El hecho de que haya participado en más de una batalla en la Península itálica, y también en Montevideo y Brasil y que tuviera el protagonismo, a riesgo de su vida por un ideal, mueve a la reflexión. Su estadía de algunos años con su familia en el Montevideo del siglo diecinueve, en condiciones de pobreza, muestra su humildad al no recibir bienes, y también su defensa de los más humildes contra la tiranía de las aristocracias y potencias del momento en ambos continentes. Personaje controvertido para algunos pero también defendido y amado por la colectividad hoy denominada italiana a quien Garibaldi aconsejó que tuvieran a este terruño como su “seconda patria”.

Garibaldi fue el paladín decimonónico por excelencia. Su fama se paseó en justicia por buena parte del mundo y todo gracias a la bravura y determinación demostradas en la defensa de mil causas nobles, tantas como sus aguerridos camisas rojas, con los que consiguió el resurgimiento italiano. Héroe de cuatro guerras, obtuvo el respeto de dos continentes y fue requerido por el mismísimo Abraham Lincoln…

Nacido el 4 de julio de 1807 en Niza –actualmente territorio francés–, fue hijo de humildes pescadores de los que aprendió el oficio. Sin embargo, el muchacho no estaba llamado a las nobles prácticas marineras y, a los pocos años de edad, ya había acreditado una merecida fama de inconformista y rebelde en aquella Italia posnapoleónica que se disgregaba en diversos estados carentes de la fortaleza necesaria para salir por sí mismos de las graves convulsiones económicas, sociales y políticas en las que estaban inmersos. El joven Giuseppe, como otros miles de patriotas convencidos de que la unificación italiana era la única solución para salvar de la zozobra la lamentable situación, buscó correligionarios en los que apoyar su ideología y, movido por su inquietud vital, se integró en sociedades herméticas que abogaban por la unidad de la patria italiana, una de ellas “la Joven Italia”, liderada por Giuseppe Mazzini. Garibaldi se afilió a éste movimiento en 1833. Su personalidad entusiasta y su abnegado patriotismo, pronto le involucraron en diferentes conspiraciones hasta que en 1834 fue condenado a muerte, pena que evitó escapando al continente americano. Pero lejos de confundirse con el paisaje, se hizo notar sirviendo como marino en el conflicto que se libraba entre la flamante república de Río Grande y el imperio de Brasil. En esas latitudes conoció a su gran amor, una inmejorable criolla llamada Ana María de Jesús Ribeiro da Silva, mujer excepcional que no dudó en acompañarle a cualquiera de las guerras en las que iba participando. De Brasil se trasladó a Uruguay donde se desarrollaba un cruento conflicto civil. En esa contienda fratricida defendió con éxito la capital –Montevideo– ante los ataques del general Rosas. Las acciones protagonizadas por él en estas guerras americanas comenzaron a otorgarle una merecidísima aureola de indomable luchador por la libertad, si bien, su alma y ánimo le seguían invitando a mirar hacia su querida patria, donde la situación se podía catalogar de caótica con diferentes ejércitos extranjeros paseándose por la bota italiana, mientras causaban innumerables estragos. Finalmente, tras algunos años de peripecias, decidió regresar a Italia dispuesto a colaborar en la resolución de los acontecimientos bélicos que inundaban la zona.

Rumbo a la aventura

En 1848 adoptó la causa piamontesa en su litigio territorial con Austria y, a tal efecto, organizó el Regimiento de Cazadores de los Alpes conformado por 3.000 efectivos piamonteses que se pusieron al servicio del rey Carlos Alberto de Saboya para luchar contra los austriacos. La guerra concluyó con la derrota del Piamonte, siendo Garibaldi el último en rendirse. Meses más tarde se proclamó la república en Roma y el héroe italiano marchó a la capital para defenderla del inevitable ataque francés. Durante treinta días, Garibaldi y los suyos resistieron con ardor las acometidas galas. La ciudad eterna fue sometida a un riguroso y sangriento castigo y, dada la superioridad del enemigo, a los escasos defensores no les quedó más remedio que ceder la ciudad, consiguiendo escapar aunque con muchas bajas. Los restos del maltrecho ejército republicano se refugiaron en la neutral San Marino, donde, sin esperanza de ayuda, tuvieron que disolverse a la espera de mejores oportunidades.

El propio Garibaldi se embarcó presurosamente rumbo a Génova dejando atrás a su amada Anita, quien había fallecido en plena retirada víctima de una enfermedad cuando se encontraba embarazada de su quinto hijo.

Con dolor por tanta pérdida, el bravo luchador se planteó cambiar de vida olvidándose de guerras absurdas que tan sólo provocaban horror y masacre. Para ello buscó refugio una vez más en el continente americano. En esta ocasión se estableció en Nueva York dispuesto a trabajar como un simple fabricante de velas. Pero, como el lector de ENIGMAS se puede figurar, la añoranza de sus gloriosas empresas pretéritas invocó su ansia de aventura y, tras pasar una temporada en California, zarpó rumbo a China en un barco peruano del que, como es lógico, se hizo capitán. La peripecia garibaldiana prosiguió con su alistamiento en la marina mercante piamontesa, donde reunió unos ahorros que le permitieron adquirir terreno cultivable en la isla de Caprera. Durante esa época abandonó los estrictos postulados republicanos de Mazzini para vincularse decididamente a la política de Víctor Manuel II y su ministro Cavour.

La unificación de Italia

En 1859 volvió a ponerse al frente de los Cazadores de los Alpes para combatir, esta vez victoriosamente, a los austriacos. Un año más tarde aprovechó el descontento generado por los Borbones para conducir a mil de sus “camisas rojas” –nombre por el que se conocía a sus soldados– hasta Sicilia, isla que tomaron sin casi oposición. Después hicieron lo propio con Nápoles y de ahí marcharon imparables hasta Roma, donde Garibaldi se proclamó hombre fuerte de Italia en representación del rey Víctor Manuel; el gesto fue apoyado de forma entusiasta por sus tropas compuestas, esencialmente por aventureros, proscritos, jóvenes idealistas y amantes de la libertad. Había llegado el anhelado capítulo del Resurgimiento italiano cuyos ecos recorrieron los otrora divididos estados de la península itálica. La impronta garibaldiana traspasó fronteras convirtiéndose en uno de los personajes más célebres de aquel convulso siglo. Su decisiva participación en la unificación italiana lo situó en el panteón de los héroes que lucharon desinteresadamente por la justicia y la libertad de los pueblos.

Un héroe para todos

En junio de 1861 Abraham Lincoln le invitó a participar en la Guerra de Secesión norteamericana. Este asunto desató un escándalo de gran magnitud en el Vaticano y el presidente de la Unión, el cual no deseaba bajo ningún concepto crear malestar en la comunidad internacional y menos en el papado, optó por retirar su ofrecimiento. Aún así, no se pudo impedir que miles de voluntarios conformaron la Garibaldi American Legion, que luchó valerosamente en los ejércitos de la Unión destacándose en las batallas singulares que se libraron durante toda la guerra entre federales y confederados. Mientras tanto, el evidente ascenso popular del ya símbolo nacional, provocó el recelo de los piamonteses, franceses y, por supuesto, los Estados Pontificios, auténticos damnificados de aquella historia libertadora.

Garibaldi, acosado por varios frentes, desestimó la posibilidad real de usar su influencia sobre miles de nacionalistas y seguidores y marchó a su isla de Caprera donde, lejos de conjuras, se dedicó a escribir novelas. Empero, su espíritu volvió a exigirle emociones fuertes y, en 1870, se trasladó a Francia para formar parte de la Comuna y, en grado de general, combatió contra los prusianos; se llegó a decir que había sido el único militar francés no derrotado en aquella guerra.

El país galo le ofreció dirigir sus ejércitos, pero Garibaldi declinó contraer esa obligación ya que se sentía viejo y cansado y decidió buscar albergue en su isla dispuesto a dejar pasar los días reflexionando sobre su azarosa vida.

El 2 de junio de 1882 falleció sabiendo que su amada Italia avanzaba firme y unida hacia el futuro. Pensando en él con profunda gratitud y admiración, el héroe cubano José Martí, escribió estas letras: “si los hombres nacen de la patria como de una madre, la libertad, madre del género humano, tuvo un hijo: Giuseppe Garibaldi”.



Eduardo Mérica, periodista uruguayo desde 1979. Integrante de las redacciones de La República, Estediario, El Deportivo Sport Magazine y Marca. Tuvo pasajes por radio CX 32 Radiomundo "Contacto Deportivo" y CX 38 Sodre. Redactor creativo del programa Vida Sana (Canal 5 Sodre), Jornalista en A PLATEIA Livramento, Brasil. Sub Editor de ACAURUGUAY.COM y Editor de www.diariouruguay.com.uy y www.futboluruguayo.uy. Es miembro de AER y presidente de la filial APU (Asociación de la Prensa Uruguaya) Rivera.


Deja un comentario