Search
domingo 24 septiembre 2017
  • :
  • :

Basta de impunidad en los arrozales del Uruguay

Basta de impunidad en los arrozales del Uruguay

LA OPINION EN EL URUGUAY. Desde Montevideo Ruben Abrines para Diario Uruguay.

No voy hablar del famoso y mediático “Betito”, el narcotraficante, (no sé su nombre y no me interesa) recientemente liberado después de cumplir su condena, al que tanta preocupación y dedicación le dieron todos los medios informativos elevándolo casi a leyenda.

Voy hablar del Beto, un muchacho de apenas algo más de veinte años, víctima de las violaciones de las condiciones de trabajo en un campo de arrozales con maquinaria pesada, sin seguridad adecuada, donde los dueños y responsables hicieron caso omiso a las advertencias porque prefieren pagar esmirriadas multas al estado y seguir violando las mínimas condiciones de los trabajadores.

Más precisamente quiero sumar mi condena y rechazo, con ellos en el dolor, en contra del Arrozal 33.
Una parte de la maquinaria le arrancó un brazo del cuerpo y falleció poco después, sólo sus compañeros, su sindicato y pocos más se ocuparon de él y de su familia en medio de la impunidad más absoluta y despiadada de los explotadores en los arrozales del país.

El Beto, un muchachito igual que los que murieron no hace más de un año, como los cuatro jovencitos, en su primer trabajo, en una empresa donde manipulaban explosivos, fuegos artificiales, que fueron despedazados en las explosiones, también en un lugar apartado, sin sindicalización, en una empresa de dudosa y precaria legalidad de funcionamiento.

De aquellos chicos no supimos nunca si tuvieron tiempo de decir y alentar a sus otros compañeros como lo hizo el Beto sin un brazo en su cuerpo, mientras se iba su vida junto a una máquina bestial en un campo de la Arrocera 33, alentaba a sus compañeros.

“No es nada, güirises; estoy bien”.
“Uds. quédense tranquilos, yo estoy bien”

En los arrozales del Uruguay no habrá nunca una ambulancia, un helicóptero, mucho menos un avión con seguridad ni siquiera un botiquín de primeros auxilios.

Morir un trabajador y ser ignorado por el llamado gran público, se ha transformado en los hechos en un daño colateral de la gran producción a gran escala, igual que en la guerra imperialista.

Si un jovencito muere porque una máquina le arrancó un brazo, gritando a sus compañeros “tranquilos güirises no es nada estay bien”, se paga por los empresarios con alguna multa flaca y casi siempre sin dar la cara ante la justicia.

Para eso, estos dueños de los emprendimientos, dueños de grandes extensiones de territorio del país, son verdaderos señores feudales, además cuentan con ejércitos de abogados e ingenieros, capataces y encargados de vigilar como perros rabiosos los intereses de sus amos.

Triste papel el de los universitarios mandos medios de esas empresas, ciegos, sordos, mudos, capaces de silenciar y ocultar, después de haber salido de una Universidad pública donde todos contribuimos a su carrera no para ser cómplices de la impunidad de sus patrones.

Hace más de cincuenta años atrás no eran mejores las condiciones de trabajo de los arrozales, padecían la persecución, las listas negras manejadas por capaces y los comisarios de los pueblos con la vista gorda de los caudillos políticos de los partidos tradicionales.

Cualquier intento de sindicalización nacía en la clandestinidad, en la sombras, por las noches, en los galpones, amontonados, en los montes, en alguna penca un día de descanso, en algún boliche pueblerino perdido en medio del latifundio.

En un sólo nombre, Pedro Aldrovandi, vaya el de los otros muchos que quiero evocar a quienes las policías bravas se aburrieron de calabocearlos y echarlos de su departamento.

Todos conocimos a varios de aquellos hombres y también mujeres de los tambos que acumularon un frondoso prontuario como si fueran simples delincuentes para patrones y policía, muchas veces fueron detenidos antes de partir en la estación del ferrocarril o la desaparecida Onda.

Como el mundo cambió, también cambiaron de manos la tierra y los arrozales. Cambio la tecnología que se apoderó de cientos y miles de puestos de trabajo. Lo que no cambió es el sistema de explotación a los trabajadores de los arrozales. No cambió, mucho menos desde que en manos de criollos y extranjeros están los cientos de miles de hectáreas y la plusvalía de los trabajadores de los arrozales del Uruguay.

Se sienten con derechos de señores feudales y en muchos casos en complicidad con funcionarios banales y corruptos haciendo inútil el cumplimento de los poderes del Estado de derecho que asiste a los trabajadores.

El Beto, el que murió alentando a sus compañeros diciendo “tranquilos güirises, estoy bien” murió demasiado temprano para saber y haber imaginado en su cabeza de chiquilín bueno, trabajador, solidario, animoso al que una máquina se lo llevó a pedazos hasta arrancarle toda la vida, que a sus compañeros, poco después, reclamando mayor seguridad, les incendiaron el campamento en un acto de cobardía y de mayor impunidad.

Incendiar la carpa del campamento de los trabajadores en huelga del arrozal 33, no debe ser tarea difícil en medio de la nada.

Una muestra clara de hasta dónde está extendida la impunidad, que no solo abarca el reclamo de los desaparecidos y crímenes de la dictadura, la impunidad purulenta, infecciosa, está en los poderosos y mancha todo el cuerpo social. Y hay responsables, ayer y hoy.

En el mundo del trabajo donde la explotación de los asalariados rurales queda lejos de las manos de Dios su única defensa es organizarse y un estado que haga cumplir las leyes, también donde recién llegan para muchos, después de un siglo, las ocho horas.

No pretendo que los medios hablen de este Beto ejemplo que demuestra que la inmensa mayoría de los jóvenes uruguayos son de su generosidad y solidaridad proletaria verdadero ejemplo de muchacho como todos.

Este Beto el de la planta de los arrozales 33 es el que los burgueses y reaccionarios de todo pelaje desconocen y no serán tenidos en cuenta salvo para decir que “murió en un accidente laboral”.

No murió drogado, alcoholizado con una caja de vino tirado en una esquina, ni en una cárcel por rapiñero, no pidió siquiera que sus compañeros pararan para no perder un mísero jornal.

Yo inclino mis banderas y reclamo justicia.

Usted Ministro de Ganadería y Pesca que está de los dos lados del mostrador ¿no tendrá algo para decirnos?.

¡Basta de impunidad!




One thought on “Basta de impunidad en los arrozales del Uruguay

  1. Indignado ciudadano

    Para parar la inmunidad hay que empezar por las Camaras Legislativas ya que los podemos considerar CÓMPLICES Y DELINCUENTES evadiendo la justicia con sus propios dolos.
    Lamentablemente hoy con este tema LA Izquierda tiene razón pero mire LA PAJA en su propio ojo. El capitalista como les gusta decir es culpable de cárcel por omisión, La izquierda ponga el capital para tener un arrozal en justa forma.
    Invitamos a VER ALUR que reglas cumple, y las Cooperativas de la izq. serán que no tienen fallas en seguridad. En la construccion un paro por un muerto pero el DELEGADO SINDICAL debe ser COIMERO con su patron porque ciego no es y no se percato de la falta de seguridad.
    VIVA LA FALSEDAD IDEOLOGICA amparada en SEUDO HUMANISMO

    Responder

Deja un comentario