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Viernes 18 Agosto 2017
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El autor de Aspirinas y Caramelos, Luciano Olivera se mete en la tradición de Soriano, Dolina y Eduardo Sacheri

El autor de Aspirinas y Caramelos, Luciano Olivera se mete en la tradición de Soriano, Dolina y Eduardo Sacheri

ESCRITORES PARA LEER. Luciano Olivera dice que cuando prendió la computadora esa noche de junio de 2013 no sabía qué quería escribir. Fue una catarsis. Independiente no había podido con Estudiantes de La Plata y el descenso era una realidad cada vez más definitiva. Escribió: “La primera vez que tuve la sensación de que mi viejo se moría, que lo vi débil de verdad, fue yendo a ver al Rojo”. Aquella vez habían ido a ver a Independiente contra Racing de Córdoba y Rodolfo se desmayó. Un año y medio después, moriría.

 

“Los 70 tenían algo de “Goodbye Lenin”, ese mundo que tenía dos o tres gustos de cada cosa y no mucho más. Había algo de misa también…”

 

“Cuando yo era chiquito”, seguía el texto, “Rodolfo solía venir con un caramelo. Me lo daba y me decía ‘Te lo manda el señor Independiente’. A veces, en vez de una golosina traía una aspirina. Ante mi mirada de asco, respondía ‘Te la manda el señor Racing’.” Así, entre aspirinas y caramelos, la angustia por el futuro del club de sus amores se mezclaba con la figura paterna: “Creo que una buena parte de mi tristeza actual tiene que ver con que no puedo parar de recordarlo. De recordarte.” Olivera ya había pasado los cuarenta, pero frente a la computadora volvía a ser un nene que esperaba que el padre lo agarrara de la mano y le dijera que todo iba a estar bien.

Publicó el texto en un blog y un par de días después Juan Pablo Varsky lo leyó en la radio, que no pudo llegar al final sin quebrarse. “A partir de ahí”, dice ahora Olivera, “fue como si hubiera tenido un tapón en la memoria que hizo ¡puf! y se destapó y empecé a escribir recuerdos de un chico que crecía en los setenta. Mientras en el país pasaban un montón de cosas, yo seguía comprando galletitas, tomando helados, yendo al colegio, comiendo las golosinas que comíamos todos, mirando Meteoro y la Mujer Maravilla como todos”.

Así, de a poco, se fue armando Aspirinas y caramelos. El libro circuló primero con una breve tirada de una editorial independiente y este mes reaparece por Tusquets, en una versión corregida y aumentada. Con Aspirinas y caramelos, Olivera se mete en la tradición de Soriano, Dolina y Eduardo Sacheri, que, justamente, es quien le escribió el prólogo.

—La tapa del libro tiene una foto antigua. Primero quería preguntarte si la foto es de tu familia. Y luego: ¿cómo funciona la melancolía como motor?

—La foto es original, la sacó mi mamá. Es frente al hipódromo por la Av. Sarmiento. El que maneja es mi papá, yo estoy contra la otra ventana y la que está atrás es mi hermana Mariana; falta María que todavía no había nacido. Ese fue nuestro único auto, un Fiat. Después hubo que venderlo para pagar una deuda y ya nunca más tuvimos otro. Era un auto divino pero que se rompía muchísimo. Efectivamente en esa foto ya hay una expresión melancólica, aunque a mí me gusta pensar en vintage antes que en melancólico. De todos modos, entiendo perfectamente lo que decís: la melancolía es un gran motor, muchísimas obras de arte han tenido como motor la melancolía. La melancolía tiene más que ver con la reflexión, con el momento de una empatía con el otro que está sufriendo. Cuando esas cosas se combinan y se comunican, en vez de bajonearte, hacen que te veas reflejado, que empieces a tirar del hilito de la memoria y encuentres que aquellas cosas que podían ser melancólicas también tenían cosas alegres o momentos que no querés olvidar.

—¿Cómo funciona la memoria para entender el presente? ¿Qué nos podés contar a quienes no vivimos en los 70 sobre tus recuerdos?

—La memoria es una construcción. Es lo que uno cree que vivió o lo que le fueron contando y después asume como propio. En todo caso es una construcción de lo que me contaron. Los 70 tenían algo de “Goodbye Lenin”, ese mundo que tenía dos o tres gustos de cada cosa y no mucho más. Había algo de misa también: a las cinco y media mirábamos “Meteoro” y al día siguiente todos comentábamos el mismo capítulo. Eso te mancomunaba, te daba una identificación con el otro que vivía lo mismo que vos, incluso por sobre las clases, porque aunque fueras muy rico o muy pobre, las opciones no eran tantas. Bienvenidas sean las múltiples opciones, pero extraño ese universo común.
Por supuesto que eran épocas muy convulsionadas. Mi viejo era periodista y en casa se sabían cosas que por ahí en otro lado no. Pero yo quiero ser cuidadoso con eso, porque la gran mayoría no se daba cuenta y vivía una vida absolutamente normal. A pesar de que en uno de los cuentos hablo de cuando mataron a balazos a un tipo en la puerta de mi casa y yo estoy convencido de que se equivocaron de tipo: el día antes habían amenazado a mi viejo en el diario. Por supuesto que eran momentos convulsionados, recuerdo la muerte de Perón y el golpe de Estado, las devaluaciones, la calle muy convulsionada en general. En el libro, la Avenida Pavón es muy protagonista y recuerdo las pintadas de “Alende no se vende”, “Cámpora-Solano Lima”, “Balbín solución” y los eslóganes de la época. También aparece mi tía, que era fanática de Cámpora, y mi viejo, que era un gorila tremendo: la grieta ya existía. Me parece que el recuerdo de los años 70 para el que era militante es uno y para quien no lo fue es distinto. Yo, que era chico y vivía en una familia que no era militante, vivía en un contexto de años muy violentos, pero iba a la cancha e Independiente salía campeón, Argentina salía campeón del mundo, esas cosas.

—En el libro hay una épica del hombre común. ¿Cómo refleja la historia íntima y personal los grandes hechos de la historia?

—El libro habla mucho de mi viejo y la mirada que yo tenía de él, quizá porque se murió cuando yo era muy chico, era un hombre “especial”, pero entiendo que es mi mirada. Creo que nosotros, como comunes que somos, atravesamos la historia en una especie de surfeo. Por ejemplo, recuerdo la mañana que habíamos recuperado las Malvinas. Esos dos meses de guerra los tengo como un vértigo, una locura, una euforia. Yo esperaba los comunicados del Estado Mayor Conjunto y festejaba cada vez que les hundíamos un barco a los ingleses. Tenía pegados en la pared de mi cuarto a los aviones de la fuerza aérea, le mandé una carta a la reina de Inglaterra diciéndole que las Malvinas eran argentinas, estaba fanatizado. Como todos. Y de repente, una noche vino mi viejo y dijo que le habían contado en la redacción que no era tan así y de un día para el otro las perdimos. Cada uno vive la historia de un modo diferente, pero hay algunas cosas fundantes en las que estamos todos. Esos momentos tuvieron unas marcas muy específicas que yo miro como propias de la generación.

—Hay historias muy fuertes en el libro. Una es sobre “Rodolfo III”, tu hermano. ¿Qué significa la literatura para vos? ¿Por qué contás esas cosas?

—Hay una parte del libro que se llama “Desnudo total”, que no estaba en la primera edición. La primera edición tenía una visión un poco más edulcorada de la historia. Y cuando me propusieron hacer la reedición, quedamos en agrandarla y me pareció que había unos agujeros que no estaban desarrollados. Rodolfo III era uno. Es mi hermano mayor. Es fuerte, porque cuando uno rememora, aparecen de nuevo las broncas, te enojás con aquello que no resolviste, a veces tenés la tentación de hacer esa resolución en el texto y no se puede, las resoluciones se hacen en otro lado, si es que se hacen. Pero de todos modos forma parte de un ejercicio —espero— honesto. Este libro no es mi biografía. ¿Quién querría leer algo así? Es, como hablábamos antes, la historia de un hombre común que podría ser cualquiera de mi generación al que le han pasado cosas similares. Y las historias familiares también son relativamente comunes. ¿En qué familia no hubo un renuncio o alguna situación confusa o violenta? En muchas pasó. El libro refleja una vida relativamente común y me parecía que esas historias hacían falta para completar la figura.

—De eso habla Eduardo Sacheri en el prólogo. Dice que en el libro hay intimidades pero que uno va a verse reflejado en las distintas situaciones. Son experiencias personales pero a la vez universales. ¿Qué sentís con ese elogio de Sacheri?

—Me llena de orgullo. Eduardo es un maestro absoluto de una generosidad total. Si él vio eso y alguien más también, entonces la obra está completa. Honestamente, cuando me puse a escribir no estaba buscando esos espacios de empatía. Ahora, cuando vi los comentarios en el blog que me decían que lo mismo les había pasado a ellos, entonces sentí que estaba en el camino correcto. Esta clase de cosas tienen sentido cuando pasan eso, cuando uno se olvida de la figura del escritor y siente que está metido adentro. Si sucede eso está bien. Me pasó hace poco con Stoner.

—Sé que te gusta escribir sonetos y en el libro hay varios.

—Yo hago el chiste que pienso en sonetos. Tengo cierta facilidad para la rima, podría haber sido payador. Por alguna razón pienso en la estructura del soneto. La verdad es que escribí uno que me gustó mucho y después otro y se me antojó ponerlos en el libro. Y cuando fui a reunirme con mi editora, Paola Lucantis, ella me dijo que los sonetos no quedaban bien. Pero le dije que por lo menos hubiera uno al final de cada sección y así terminé escribiéndole uno dedicado a ella, que es el primero de todos, diciendo que lo escribo porque me lo pidió ella. Recuperando un poco el espíritu original del soneto. La poesía es algo que en grajeas puede tener un impacto muy estimulante. Tiene un poder de síntesis y una capacidad para cerrar situaciones. Quedaban bien en el cierre de los capítulos.

—El libro siempre habla o roza el fútbol. Hace poco en el stand de Leamos en la Feria del Libro hiciste una lista de los mejores jugadores: Messi, Bochini y Maradona, en ese orden.

—¿No puse a Bochini primero? Qué raro. El libro habla mucho de fútbol, pero porque es lo que ligaba mi relación con mi viejo. Aparece como un motivo de la relación, aunque estemos hablando de otra cosa. Por supuesto que soy muy futbolero, muy fanático y sufro por eso. Eduardo Sacheri tiene una linda frase, que dice que la vida sería más sencilla si no sufriera tanto por Independiente, pero no sería su vida. Yo sufro porque hoy toca sufrir, pero también fui beneficiario de una época de gloria total. Yo nací cuando Independiente ganaba todo y recuerdo a mis compañeros que me decían “Qué fácil, vos sos hincha de Independiente”. Siempre le iba bien, todos los años había algo para festejar.
Puedo justificar a Bochini en esa lista porque fue alguien a quien vi hacer las cosas más insólitas y productivas en una cancha. Estoy siendo injusto con Messi; quizá sea superior. Pero Bochini tenía pique corto, tenía remate, tenía habilidad, aunque no era un goleador cuando la pelota iba al arco por lo general era gol, tenía una capacidad para habilitar a sus compañeros con una visión insólita de 180 grados. En un cuerpito chaplinesco imposible de pensar para atleta, era explosivo. Fue determinante para el equipo donde jugara —me refiero a las formaciones porque siempre jugó en Independiente—. Para mí fue más determinante que Maradona. Aunque con el gol del 86 no puedo decir que no soy maradoniano.

—Salvo los hinchas de River y Boca, ¿hoy el resto está “condenado” a la melancolía?

—No sé, no creo. Nuestros primos están pasando un buen momento, San Lorenzo ganó la Copa Libertadores. En ese sentido, me hago cargo, el equipo más tocado es Independiente, que tiene que terminar de retornar del infierno de la B. A pesar de que para nosotros el infierno es lindo, porque somos los diablos rojos, todavía está faltando el campeonato o alguna copa. En general podemos tener una mirada un poco más melancólica del fútbol de aquella época todos los hinchas, porque era un poco más romántico, porque la plata importaba un poco menos, porque todavía no había tanta violencia ni las barras —que ya existían— tenían de un modo tan evidente el negocio de la periferia del fútbol. Por ahí puede ser la melancolía de aquellas ceremonias en la cancha donde uno iba en familia. Pero la verdad es que el fútbol se renueva todo el tiempo y encuentra el modo de seguir apasionándote.

—¿Creés que Argentina pronto ganará un mundial?

—No lo sé. Pero estoy seguro de que estamos atravesando el mejor momento futbolístico de la historia. Esta selección argentina es la mejor que hemos tenido. La selección del 86, que ganó un mundial con una actuación extraordinaria, fue de menor a mayor. Hay un muy buen libro de Andrés Burgo, que se llama El partido, que cuenta el partido frente a Inglaterra, que está muy bien contado. Valdano decía que habían llegado y que no sabían si se volvían en primera ronda. Ese equipo se armó en el mundial y ganó, pero fue más bien la expresión de un gran mes de un grupo de jugadores. Esta selección tiene probablemente los mejores jugadores de cada liga del planeta, encabezados por Messi. Hemos tenido mucha mala suerte y eso juega, el fútbol es azar. Me encanta ser campeón, pero no soy resultadista. Tenemos los mejores jugadores de la historia.



Eduardo Mérica, periodista uruguayo desde 1979. Integrante de las redacciones de La República, Estediario, El Deportivo Sport Magazine y Marca. Tuvo pasajes por radio CX 32 Radiomundo "Contacto Deportivo" y CX 38 Sodre. Redactor creativo del programa Vida Sana (Canal 5 Sodre), Jornalista en A PLATEIA Livramento, Brasil. Sub Editor de ACAURUGUAY.COM y Editor de www.diariouruguay.com.uy y www.futboluruguayo.uy. Es miembro de AER y presidente de la filial APU (Asociación de la Prensa Uruguaya) Rivera.


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