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domingo 24 septiembre 2017
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La relación de Andresito con José Artigas, según el historiador Pablo Camogli

La relación de Andresito con José Artigas, según el historiador Pablo Camogli

LA HISTORIA QUE NUNCA NOS CONTARON.

Hacer visible lo invisible
Hoy se yergue majestuoso, de espaldas al río Paraná. Es un hercúleo cuerpo de acero inoxidable de más de veinte metros de alto que ha modificado para siempre las facciones urbanas de la ciudad de Posadas, la capital de la provincia de Misiones. Es, quizás, la estatua más grande que se haya realizado sobre un personaje de nuestro pasado nacional, un merecido reconocimiento que hace visible lo que durante casi dos siglos permaneció invisibilizado por el aparato comunicacional y formativo de lo que suele denominarse “historia oficial”. El gigantesco monumento que hoy embellece la costanera de Posadas es, ni más ni menos, que el triunfo simbólico de un gran derrotado de nuestra historia, Andrés Guacurarí y Artigas.

Al igual que la élite dirigente de la generación del ’80, que se apropió del espacio público para dotarlo de una carga simbólica específica, que manifestara su propia interpretación del pasado, el monumento de Andresito es un reflejo de época. En la actualidad, la sociedad misionera ha comenzado a reescribir tanto su propia historia como la del personaje histórico llamado Andrés Guacurarí, a la que dotó de una carga simbólica tan enorme como su estatua a la vera del Paraná.

Aquí en este vídeo el joven historiador Pablo Camogli recuerda la historia de José Gervasio Artigas como gobernador de la provincia de Misiones, momento en el cual se inicia el proceso histórico que llevará a los guaraníes a adoptar el ideario federal como bandera de lucha independentista y libertaria.

Si bien es cierto que la escultura visibiliza al personaje, no resuelve una cuestión fundamental del proceso de rescate histórico de aquellas figuras olvidadas del pasado. Es que la fría obra de arte no es más que la materialización simbólica de algo que se pretende perpetuar en el tiempo, pero nada dice sobre el significado que tal o cual personaje tiene en el contexto temporal y espacial de su actuación. En el caso de Andresito, además, adquiere una dimensión mucho más profunda. Por un lado, debido a que su historia es casi desconocida para buena parte de la sociedad argentina. Por otro lado, porque se trata no ya de un personaje curioso y heroico de nuestro pasado, sino una figura clave capaz de resignificar, con su sola existencia, la interpretación más difundida sobre el estallido revolucionario e independentista de comienzos del siglo XIX.

¿LA HISTORIA DEL PERSONAJE O EL PERSONAJE EN LA HISTORIA?

El género biográfico siempre ha fascinado a los historiadores y a los lectores. La posibilidad de recorrer en detalle la vida, la obra, la gloria y las miserias de los principales personajes del pasado atrae como casi ningún otro aspecto. Es probable que esto se deba a lo que en la pedagogía de la historia se denomina “empatía”, que no es otra cosa que la capacidad de ubicar al lector en el tiempo y en el espacio de actuación del biografiado. En otros términos, consiste en la habilidad de colocar al público en el lugar del personaje. Además, porque resulta más sencillo comprender las acciones humanas que dimensionar la profundidad —un tanto abstracta— de los procesos sociales, económicos y políticos que conforman la descripción en términos históricos.

Durante décadas, el género biográfico fue prácticamente hegemónico en la escritura de la historia nacional. No es casualidad que las biografías de Belgrano y de San Martín, escritas por Bartolomé Mitre, sean consideradas como fundacionales de la historiografía argentina. Con el paso del tiempo, la ciencia de la historia se adentró por nuevos caminos temáticos y analíticos, pese a lo cual la supervivencia de las biografías resulta innegable, algo que puede comprobarse en los anaqueles de las librerías.

Como todo género, tiene sus aspectos positivos y también sus límites. No es de mi predilección, básicamente porque considero que los individuos no hacen la historia, sino que es esta, o mejor dicho, la realidad que les toca vivir, la que los determina y la que, en última instancia, acaba por convertirlos en personajes destacados, capaces de ser biografiados en el futuro. Así, por ejemplo, San Martín fue lo que fue porque vivió en un contexto de revolución y guerra, no porque fuera un “Hermes trimegisto”, como lo definía Mitre en el tono hagiográfico que suele caracterizar a las biografías.

En definitiva, creo que la solución para esta disyuntiva pasa por responder la siguiente pregunta: ¿para qué hacer una biografía: para conocer la historia del personaje o para ubicar al personaje en la historia? La primera opción puede desembocar tanto en un conjunto de trivialidades como en una descarnada descripción del individuo biografiado, pero seguro carecerá de la profundidad necesaria como para ayudar a comprender la realidad de un determinado momento histórico. La segunda alternativa podrá adolecer del encanto de los detalles de la vida privada del personaje, pero permite reconocerlo como un específico actor de un contexto concreto. Esta biografía que aquí propongo aspira a recuperar la trayectoria de vida de Andresito, pero insertándola en el marco del complejo y cambiante proceso histórico que le tocó transitar.

Esta opción se debe a dos motivos fundamentales. En principio, porque es evidente que una personalidad como Guacurarí solo fue posible en aquel contexto de guerra revolucionaria que se registró en la segunda década del siglo XIX y en el marco del pueblo guaraní, que también tiene una particular trayectoria sociocultural. Andresito no es más que el emergente individual de un largo proceso histórico, cuyas características salientes fueron las que generaron las condiciones objetivas para su surgimiento como figura destacada. Y esta es, en consecuencia, la segunda dimensión que justifica esta biografía. La sola existencia de Andrés Artigas es motivo suficiente para replantear el axioma historiográfico que asegura que la revolución en América se originó en Europa, de la mano de la modernidad. Esta tendencia postula el “origen exógeno” del proceso emancipador. Pero a contrapelo de esta idea, y como veremos en este libro, los sectores mayoritarios de la población americana ya actuaban en clave revolucionaria desde por lo menos el siglo XVIII, mucho antes de la irrupción de la modernidad en las coronas del “antiguo régimen” europeo.

EL RÁPIDO PERFIL DE UN HÉROE DESCONOCIDO

Andrés Guacurarí es un personaje desconocido. No solo para la sociedad argentina, incluso para los propios misioneros, que lo han designado como prócer provincial sin tener muy en claro quién fue y qué hizo. Este libro busca desentrañar su figura, presentarlo ante el público y recurrir a su historia para profundizar una línea interpretativa que vengo desarrollando en mis libros anteriores. A diferencia de otras personalidades, con Andresito hay que arrancar por el principio y desde lo más básico, tanto como para que en la misma introducción tengamos que referenciar sus datos principales.

Sus orígenes son difusos, pero está claro que se trata de un descendiente de guaraníes nacido en la región de los pueblos de las antiguas reducciones jesuíticas ubicadas sobre la costa del río Uruguay. Si bien se desconoce tanto su lugar como su fecha de nacimiento, es probable que haya sido el 30 de noviembre de 1778 en Santo Tomé, población perteneciente a la actual provincia de Corrientes (tema que veremos en el capítulo III). Andresito nació el mismo año y a pocos kilómetros de distancia que otro misionero famoso, José de San Martín. Ambos fueron hijos de una época de transformación y de un espacio (el guaraní-misionero) que sería estratégico en el gran escenario de la revolución y la independencia.

Los primeros años de vida de Andresito son borrosos, por lo que podemos inferir que su suerte fue similar a la de miles de guaraníes. Luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, las reducciones sufrieron un proceso de disgregación tanto espiritual como demográfica. Si bien sus elites dirigentes abrieron canales de negociación con las nuevas órdenes religiosas que operaron en la región y, fundamentalmente, con las autoridades coloniales que pasaron a gobernar los pueblos, está claro que la apertura del espacio guaranítico modificó la realidad regional, tal como veremos en el capítulo I.

El pueblo guaraní quedó atrapado entre dos épocas históricas: la colonial y la revolucionaria. En cierta forma, no perteneció a ninguna; los guaraníes siguieron su propio rumbo como pueblo nativo y establecieron relaciones de convivencia tanto con las coronas española y portuguesa como con las elites que se apropiaron del proceso independentista luego de 1810. A diferencia de unos y otros, los guaraníes mantuvieron un esquema ideológico básico a lo largo de toda la época: la defensa irrestricta de su autonomía. Por ello efectuaron alianzas tácticas con diversos actores, pero nunca entregaron la soberanía en el manejo de sus asuntos.

En el capítulo II se analizará lo que he denominado el “proceso de acumulación” política y social vivido por los sectores populares americanos en las décadas previas a la caída de la monarquía española, y del cual los guaraníes son un ejemplo incontrastable. La modernidad europea, presentada por la historiografía como la causa profunda de la revolución en América, no fue más que un capítulo dentro del gran proceso de liberación vivido por los pueblos del continente. Simplificando un tanto la explicación, podemos anticipar que la modernidad se imbricó con procesos libertarios previos y que las elites ilustradas (y modernas) fueron las últimas en plegarse a la lucha revolucionaria. Esta interpretación trastoca el orden con que habitualmente se han relatado los hechos y cambia el eje de la explicación del origen del proceso emancipador, que ya no es más exógeno, para tener un comienzo que se hunde en sus raíces endógenas.

Andresito vivió toda esta etapa de cambio para su pueblo. Pero a diferencia de otros guaraníes, tuvo la oportunidad de congeniar ambos idearios: el ancestral y el moderno. Para ello fue clave su encuentro con José Gervasio Artigas, producido en una fecha aún indeterminada. El líder oriental lo adoptó y le otorgó su apellido, pero más importante aún, le permitió compartir con él todo el proceso de gestación de las definiciones ideológicas del federalismo artiguista, la propuesta alternativa a la de la elite porteña para el Río de la Plata. Fueron años de aprendizaje para el joven guaraní que había adoptado Artigas, en los que Andresito forjó su propia identidad política hasta llegar a gobernar su provincia natal.

A comienzos de 1815 el proceso revolucionario había puesto las cosas patas para arriba: un indio, Andrés Guacurarí, fue designado comandante general de Misiones, un cargo similar al de gobernador, que contemplaba tanto funciones políticas como militares. No es dato menor: Andresito fue el único aborigen que gobernó alguna provincia argentina a lo largo de 200 años de historia (capítulo IV). El radicalismo de la propuesta igualitaria del federalismo artiguista fue incluso más allá, e hizo de Andresito comandante militar de Corrientes en 1818. Ya no era un indio gobernando entre indios, ahora era un indio gobernando entre blancos, una medida acorde al ideario revolucionario de la modernidad, pero inaceptable para aquellos que solo querían la revolución para ser herederos del poder colonial.

¿Cómo llegó Guacurarí a gobernar dos provincias argentinas? ¿Cuál fue la reacción de la elite blanca ante esta situación? ¿Cómo fue la relación entre el ejército indio y los hacendados correntinos? ¿Qué papel desempeñaron las tropas guaraníes en el marco de la guerra civil desatada entre centralismo y federalismo? Esas preguntas serán abordadas en el capítulo VI. Por su parte, el desempeño de Andresito en el frente externo en lucha contra los portugueses será tratado en el capítulo V, aunque ambos procesos (el interno y el externo) fueron siempre de la mano.

ANDRESITO, PRÓCER MISIONERO Y GENERAL DE LA PATRIA

El multitudinario festejo por el bicentenario de la Revolución de Mayo en 2010, que generó la confluencia de millones de argentinos sobre el microcentro de Buenos Aires y la presencia masiva de los presidentes de toda la región, evidenció el profundo cambio cultural que se ha operado en la Argentina y en buena parte de Latinoamérica en la última década. El fenómeno en nuestro país se había iniciado en diciembre de 2001, cuando no solo se derrumbó el gobierno de Fernando de la Rúa sino también el viejo ideal de tipo liberal elaborado por la generación del ’80. De golpe, los argentinos descubrimos que no éramos ni el granero del mundo ni la imagen de Europa en América. Que teníamos más semejanzas con nuestros vecinos que con Francia o Inglaterra, la meca de las elites culturales y económicas argentinas.

Junto con el mito cayeron sus próceres… y surgieron otros. La sociedad argentina empezó a cuestionar a figuras como Julio Roca, Bartolomé Mitre y hasta al propio Domingo Faustino Sarmiento, cuyas trayectorias carecían del tono popular de los nuevos tiempos. En ese marco, figuras tradicionales fueron resignificadas, como José de San Martín o Manuel Belgrano. Otras fueron redefinidas, como José Artigas o Manuel Dorrego. Y muchas fueron visibilizadas, como en el caso de Andrés Guacurarí.

Con este impulso, la provincia de Misiones profundizó la revalorización histórica de Andresito, al designarlo, mediante la ley VI – N° 1552 de 2012, “prócer misionero” en virtud de “sus valores patrióticos en defensa de la causa popular y federal misionera y su activa participación en la Revolución de Mayo de 1810”. En un caso inédito, una provincia argentina designó por ley a un indio como su prócer y su referencia histórica. La decisión evidencia las transformaciones que se han operado en la mentalidad de la sociedad, capaz de adoptar a un miembro de los pueblos originarios como el máximo héroe del pasado de una provincia.

A partir de esta designación, en Misiones se registra un extendido fervor por la figura de Andresito. Amén del citado monumento, han sido numerosos los homenajes hacia su persona. La reivindicación de Guacurarí transita dos caminos, uno hacia adentro de la provincia y otro hacia afuera, con la intención de nacionalizar su figura. Hacia la sociedad local se apunta a la adecuación de las “currículas” escolares para que incorporen, en forma clara y constante, esta porción siempre olvidada de la historia. Hacia afuera, se procura el reconocimiento del resto del país a la figura de Andresito. Sobre esto último, el 1º de abril de 2014 se dio un importante paso en la resignificación del personaje cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner lo ascendió post mórtem al rango de general del Ejército Argentino, colocándolo al mismo nivel de Martín de Güemes, Juana Azurduy y otras figuras de la época de la revolución y la independencia.

Este libro se enmarca en ese proceso. No se trata de una biografía clásica, donde la centralidad del relato está en la personalidad del protagonista, sino en una propuesta más amplia. El desafío es reconocer a Andresito como el emergente de una época de cambio que él mismo ayudó a profundizar, un cambio que se venía gestando desde décadas antes y que tuvo a los sectores populares (pueblos originarios, esclavos, criollos, mestizos) como los grandes protagonistas.

BUSCANDO AL COMANDANTE ANDRESITO

Si bien las referencias a Andresito datan del siglo XIX —por ejemplo, en la recopilación de gobernadores de Antonio Zinny o en la Historia de Belgrano de Mitre—, el rescate histórico de Andrés Guacurarí se inició en la década de 1930 en Misiones, de la mano de los deseos de la élite intelectual local por recuperar la institucionalidad como provincia, perdida un siglo atrás, justamente luego de la derrota del ejército guaraní. En 1881 el presidente Julio Roca había creado el territorio nacional de Misiones, colocando al frente de la administración a su hermano Rudecindo. Con el paso del tiempo, la sociedad local, que se fue consolidando en la ciudad de Posadas, mostró su pretensión por lograr la condición de provincia. A partir de 1930, Misiones comenzó a presionar sobre el Estado nacional con este objetivo, para lo cual cumplía los requisitos poblacionales y financieros establecidos en la ley 1.532 de Territorios Nacionales.

En ese contexto, un grupo de historiadores y periodistas se dedicó a reconstruir el pasado misionero con la clara finalidad de brindar sustento…

 

CONTINUARÁ



Eduardo Mérica, periodista uruguayo desde 1979. Integrante de las redacciones de La República, Estediario, El Deportivo Sport Magazine y Marca. Tuvo pasajes por radio CX 32 Radiomundo "Contacto Deportivo" y CX 38 Sodre. Redactor creativo del programa Vida Sana (Canal 5 Sodre), Jornalista en A PLATEIA Livramento, Brasil. Sub Editor de ACAURUGUAY.COM y Editor de www.diariouruguay.com.uy y www.futboluruguayo.uy. Es miembro de AER y presidente de la filial APU (Asociación de la Prensa Uruguaya) Rivera.


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